20 dic. 2013

Prólogo: Tercera & Última Parte (Reescritura de Raisie)

AVISO

Lo que van a leer a continuación es la tercera parte del prólogo de Raisie. La última parte que estará disponible antes de la publicación del libro final. Con esta lectura el prólogo llega a su fin, lo que viene siendo la infancia de la protagonista. Para los que leyeron la versión antigua de la obra la encontrarán casi en su totalidad modificada, entre ellos la descripción de dos de los personajes principales. El texto sigue abierto a posibles cambios, además de la revisión de corrección ortográficas. Todo este material está registrado. Sin más, muchísimas gracias por vuestro apoyo y espero que disfruten de la lectura. Pronto más novedades sobre la obra, portada y publicación. Podéis leer las otras dos partes pulsando aquí.

 PRÓLOGO - TERCERA PARTE

Había pasado exactamente una semana desde que Bianca llegó a las tierras del reino. Su presencia no había dejado indiferente a ninguno de los habitantes del castillo. Día tras día se ganaba el cariño y la confianza del rey y la princesa. Siempre se mostraba afable y delicada, responsable con sus obligaciones y dispuesta a conseguir el respeto de todos, tanto por parte de la familia real como de los sirvientes.

A la tarde siguiente, Bianca deambulaba de aquí para allá por el castillo, luciendo un impoluto vestido, tan claro como su perfecta y encantadora sonrisa. Un largo y sedoso atuendo que la hacía, aún más, encantadora, deliciosa y pura ante los ojos de los demás. Parecía una belleza de otra época plasmada en las más antiguas epopeyas, donde ni el más fuerte de los héroes podía resistirse a la más bella de las diosas.

Aquella misma noche, estaba prevista una gran fiesta a la que acudirían los más selectos invitados de la aristocracia, además de los caballeros y amigos más cercanos al rey. Un evento anual y tradicional en Dalghor, en el que no faltarían los riquísimos manjares y un distinguido baile, para honrar y recordar la mayor victoria que tuvo el país en tiempos de guerra. Un logro que trajo la paz y armonía al lugar, donde el reino supo renacer de sus propias cenizas dejando atrás aquellos tenebrosos y oscuros tiempos de tiranía. Eras lóbregas en el que no importaba la sangre derramada de miles de inocentes por aquellos que controlaban las artes prohibidas y a las más temibles de las bestias.

Los criados estaban atareados con sus labores, tenían poco tiempo. Portaban pesadas bandejas repletas de toda clase de alimentos hacia las extensas mesas, mientras que las doncellas aseaban la sala de baile, arrodilladas en el duro suelo sirviéndose solamente de un trapo, un cubo con agua y jabón.

Bianca bajaba las escaleras intentando no llamar la atención de nadie, aunque era difícil. Tenía planes que debía cumplir, aprovechando que en ese instante Raisie estaba practicando complejos pasos de baile que ella misma le había impuesto para mantenerla ocupada. La pequeña apenas tenía tiempo libre para disfrutar de su infancia y de vez en cuando intentaba escaparse del castillo e irse a jugar a la pradera que había a las afueras de la ciudadela. Bastion sólo quería lo mejor para ella y convertirla en una digna princesa, sin pararse a pensar en los verdaderos sentimientos de la niña. Raisie tenía diferentes clases, desde dicción y literatura, hasta lecciones de: etiqueta, pintura, danza, canto, incluso de flauta travesera. Se veía como la pequeña disfrutaba de vez en cuando con alguna de esas enseñanzas y era evidente que era una niña aplicada e inteligente. Sin embargo, la mayoría de las veces se aburría y hubiera preferido aprender otro tipo de habilidades como: montar a caballo, el arte de la esgrima o el tiro con arco. Así fue, cuando se prometió, así misma, que algún día aprendería todo aquello que la fascinaba tanto, aunque fuera a escondidas.

Al llegar al último escalón, la joven se cercioró de que nadie la observase en aquel momento. Algo inquieta, caminó hacia la izquierda y se dirigió hacía el corredor contiguo que había por la parte de detrás de las escaleras. Volvió a mirar a su alrededor nuevamente y se situó enfrente de una de las paredes de piedra, donde había colgado un retrato de Alma. El cuadro no era muy grande, pero solo bastaba ver la majestuosidad y magnificencia con la que posaba la reina para quedarse embelesado mirándolo. Aquella pintura, parecía tener vida propia debido a la serenidad del gesto alegre y jovial que mostraba el rostro de la soberana. Mirando al frente, sujetando una de sus amadas raisas y ataviada del tono del cielo en un día completamente despejado. Bianca se quedó extrañada al ver a aquella mujer de largos y dorados cabellos como el sol. Sintiendo una extraña sensación en su interior. Alzó su mano derecha y deslizó uno de sus finos dedos sobre la textura del lienzo. De repente, reaccionó un tanto brusca y se dispuso a descolgar el cuadro de la pared, como si no quisiera seguir observando a la dama del retrato. Fue entonces, cuando inesperadamente, alguien tocó su hombro izquierdo, asustándola y girándose para ver de quién se trataba.
-¡Ah! ¡Me habéis asustado, doncella! -exclamó, intentando controlar su sobresalto -. Solo pretendía colocar bien el cuadro -se excusó con el primer pensamiento que recorrió su mente.
-No era mi intención asustaros, disculpadme. Mi nombre es Liliana -dijo inclinando la cabeza hacia abajo -. El rey me ha ordenado avisaros ya que en vuestros aposentos tenéis un vestido nuevo a vuestra disposición.
-¿Un vestido nuevo? -preguntó algo sorprendida.
-Así es. Espera que sea de vuestro agrado, para que lo luzcáis con él en el baile de esta noche.
Bianca se llenó de orgullo y júbilo al escuchar las palabras de la sirvienta. Todo su esfuerzo iba a ser recompensado con aquella invitación. Realmente había despertado cierto interés en el corazón del rey. No podía fallarle en dicha ocasión, sería descortés e impropio por su parte rechazarlo. Además sentía cierta atracción hacia el porte majestuoso y varonil de Bastion. Era el hombre ideal para ella, el que podría darle todo cuanto merecía.
-Decidle que asistiré encantada al baile. Podéis retiraros, Liana -contestó, volviéndose a girar y dando con sus cabellos en la cara de la sirvienta.
-Se lo haré saber de inmediato y mi nombre es Liliana -dijo con tono de enfado.
-Lo que he dicho, querida -respondió sin mirarla a la cara, simplemente agitando la mano para que se marchara.
La criada se alejó ofendida a seguir con sus obligaciones, sin volver a mencionar palabra alguna. Era una mujer pacífica y no quería un mal encuentro con la que podría ser la favorita del rey. Incluso a los pocos minutos, su enojo desapareció, pensando que en alguna otra ocasión intentaría darle una nueva oportunidad a la recién llegada.
Bianca respiró hondo y volvió a intentar descolgar el cuadro de la pared, aunque por segunda vez fue en vano, interrumpiéndola Lisandru.
-¡¿Y ahora que queréis vos! -preguntó arisca.
-Tenéis carta de quien vos bien sabéis -contestó serio, entregándole un sobre negruzco y de puntas afiladas como espinas.
La muchacha se quedó callada, sintiendo una sensación punzante en el pecho al ver el sobre. Lo agarró y se marchó, rápidamente, hacia sus aposentos, dejando atrás al canciller.

Mientras tanto, en la alcoba de Bianca, sus tres damas de compañía se divertían entre ellas, ajenas a que su señora se dirigía hacia el habitáculo. Ishtar se miraba al espejo con orgullo, poniéndose algunos de los esplendorosos y largos pendientes de su ama. A su vez, Neith sonreía al colocarse por encima el lujoso vestido que Bastion le tenía preparado a Bianca. Phalass simplemente admiraba la calidad y la textura con la que estaba realizado el atuendo, maravillada por la exquisitez y el buen gusto.
-Es una pena que este vestido no sea para mí. Estoy segura que lo luciría mejor que Bianca -dijo Neith, totalmente convencida de sus palabras, acabando la frase con unas risotadas.
De repente, Bianca entró sorprendiéndolas a todas que, inmediatamente, guardaron silencio algo nerviosas por como actuaría. La joven se apresuró hacia una de las mesillas de la cama, abriendo el primer cajón y dejando el sobre en su interior, sin leer el contenido. Repentinamente, se dirigió hacia Neith fijándose en el largo y fastuoso vestido que sostenía entre sus manos. Bianca se quedó extasiada al contemplar la elegancia y majestuosidad de aquella radiante vestimenta, adornada con encajes y del mismo tono hechizante que sus ojos. Un vestido que la haría la más bella del baile, y sin duda alguna, deslumbraría ante los oscuros ojos de Bastion.
-¡Rápido, ayudadme con el vestido! Es hora de conquistar el corazón del rey de una vez por todas -ordenó a sus damas, a la vez que sonreía al mirarse en el espejo con el vestido puesto por encima.

Raisie había terminado sus lecciones y se encontraba en su habitación, sentada en una de las sofisticadas sillas, frente al distinguido tocador. Su reflejo delataba que no tenía ningún entusiasmo en asistir a la fiesta. Tenía la mirada triste y perdida, mientras Liliana le cepillaba su larga cabellera con un cepillo de plata. La princesa iba engalanada con sus mejores galas. Ataviada con un delicado atuendo de mangas largas, que irradiaba como si fuese uno de los últimos rayos del alba. El cobrizo color del vestido de la joven princesa hacía que su esplendorosa y dorada cabellera resaltase aún mas de lo habitual.
-Oh, Liliana, por favor, no me obligues a ir -rogó, poniendo cara lastimera.
-Mi querida niña, son ordenes estrictas de vuestro padre y debéis obedecerle.
-¡Pero estoy cansada de sus absurdas reglas y de esos bailes tan aburridos! -exclamó frunciendo el ceño y cruzándose de brazos.
-Será mejor que os acostumbréis. Estoy segura que algún día un apuesto muchacho os invitara a un baile que jamás olvidaréis, mas todo a su tiempo, aún eres muy joven -contestó, dándole pequeños y suaves golpes en la cabeza con la palma de la mano -. Recuerdo la primera vez que un hombre me invitó a un baile. Fue una noche inolvidable y muy romántica. Bajo la luz de la luna y las estrellas, y el aroma de las flores -dijo pensativa y acabando la frase con un largo suspiro.
-¿Y que más ocurrió? -formuló curiosa.
-El resto de la historia os la contaré cuando tengáis mayor edad. Ahora hay que darse prisa o llegara la aurora al baile antes que nosotras -respondió, terminando de cepillar el cabello de Raisie y poniéndole sobre su cabeza una pequeña diadema que hacía juego con su vestimenta.

A los pocos minutos, comenzaron a llegar los invitados. En una hora exactamente, la gran sala estaba repleta de gente. Grandiosos y pomposos vestidos de brillantes colores lucían las damas con distinción, mientras los ilustres caballeros portaban refinados trajes, realizados por los mejores sastres del reino. Sonaba una música cálida y embriagadora, compuesta en su mayoría por instrumentos como arpas y laúdes. Se podía respirar un fresco aroma proveniente de los jardines, acompañado además de la tenue luz del plenilunio que entraba por los cristales de los grandes ventanales. Velas y candelabros iluminaban cada rincón con sus llamas, que quedaban reflejadas con ardiente deseo en los ojos de las espléndidas parejas de baile.

Bastion esperaba, con cierto nerviosismo e impaciencia, la aparición de Bianca. Sentado en su trono, apoyando su cabeza sobre su puño izquierdo y sosteniendo con la otra mano una copa llena de vino. De vez en cuando, derramaba alguna que otra gota que caía sobre su vestimenta, sin importarle las manchas, que se mezclaban con el mismo tono tinto de sus ropajes, y mirando hacia arriba, deseoso por contemplar a su invitada especial.
Tras engalanarse y hacerse de rogar, allí estaba ella en lo alto de las escaleras. Observando la sala y causando admiración por su grandeza y perfección entre los asistentes. Parecía totalmente la reina que el país necesitaba. Distinguida, con clase y elegancia. Sus largos cabellos se deslizaban por su espalda como hojas otoñales arrastradas por la suave brisa del equinoccio. Bajaba los escalones despacio, sujetando la falda con delicadeza con sus dos manos. Le encantaba ser el centro de atención y quería aprovechar cada segundo de aquel momento.
Bastion se quedó sin palabras al verla. Apresuradamente, se dirigió hacia la dama, esperándola con una sonrisa nerviosa. Tan sólo quedaban tres escalones para el esperado encuentro, pero de repente, Bianca tropezó y cayó entre los brazos del rey. La joven sabía que debía usar sus mejores armas y un pequeño tropiezo sería lo ideal para un gran acercamiento.
-¿Os encontráis bien? -preguntó Bastion, mirándola a los ojos.
-Lo siento, estoy algo nerviosa -se excusó, devolviéndole la mirada y poniéndose en pie, con la ayuda de éste.
En ese mismo instante, la música cesó y los invitados comenzaron a hablar en voz baja. Bianca sonrió, pensando que aquellos murmullos tenían que ver con ella. Sin embargo, su expresión cambió drásticamente al ver que no iban dirigidos hacia su persona sino a Raisie. La pequeña princesa bajaba radiante las escaleras, acompañada de Liliana que sujetaba su mano derecha. La niña intentaba sonreír y comportarse ante su padre. La dama sintió celos en lo más profundo de su corazón y cierta rabia por la situación, pero no podía dejarse llevar por aquellos oscuros sentimientos que sentía e intentó obviarlos.
La música comenzó a sonar de nuevo, esta vez, una melodía romántica y delicada, perfecta para bailar en pareja con la persona anhelada. Bastion no quería esperar más tiempo y pese a sus nervios, invitó a Bianca a bailar:
-Sería todo un honor para mí que me concedierais este baile -dijo inquieto y tragando saliva.
-El honor es mío, majestad -contestó, haciendo una reverencia.
Tembloroso, la tomó con suavidad de la mano, mientras que con la otra la agarraba de la cintura. Ambos empezaron a bailar, dejándose llevar por la música y el deseo de tenerse tan cerca.

La noche pasaba con lentitud para Raisie. La pequeña estaba aburrida, sentada en los escalones, bostezando cada cinco minutos y pensando en las musarañas. Liliana se encontraba de pie al lado suyo, disfrutando de ver los majestuosos bailes e imaginándose a ella misma con un vestido caro y bailando con un apuesto caballero.
-Liliana, me aburro -se quejó Raisie, intentando llamar su atención en vano -. ¡Liliana, hazme caso!
-¿Qué queréis, mi querida niña? -preguntó, volviendo a la realidad y dejando sus fantasías.
-Por favor, deja que me vaya a jugar. Padre no me hace caso. ¡Nadie me hace caso! -dijo enojada.
-No puedo dejaros ir. ¿Queréis que os traiga algo de cenar? -formuló, esperando que así la niña se conformara.
-Está bien. Quiero pastel de trufas con fresas, tu especialidad y mi plato favorito.
-¿Ahora? Tendría que ir a la cocina y prepararlo.
-Por favor, Liliana, sabes que me encanta.
-¿Si os traigo un pedazo me prometéis que os portaréis bien y que no vais a moveros de aquí?
-Te lo prometo -respondió con un tono de lo más dulce y con una sonrisa de oreja a oreja.

Liliana se marchó dudosa, pensando si hacía bien en dejar a la niña sola por un momento. No obstante, confiaba en ella y no podía resistirse a la tierna mirada de la princesa. Además, su padre y Bianca estaban en la misma sala, no podría ocurrirle nada terrible. De manera que se marchó, a toda prisa, hacia la cocina a prepararlo. Raisie la observaba y en cuanto vio que la silueta de la criada desaparecía tras la puerta, miró hacia su padre, el cual seguía bailando junto a su adorada dama. La princesa suspiró y puso cara de enfado.
-¿Qué debería hacer? -se preguntaba así misma.
En ese mismo instante, se le ocurrió una idea al ver a Violette dirigirse hacia la cocina. La sirvienta pasó por delante de ella con una bandeja cargada de platos sucios. Sin dudarlo ni un momento, Raisie se puso detrás de ella, intentando esconderse tras la falda. Caminaba sin ser descubierta al mismo paso que la doncella, llevando su plan con sumo cuidado, aunque a la vez inquieta por si no salía bien. Después de varios minutos, por fin llegaron. Todos se encontraban atareados y algunos chismorreaban sobre los invitados, criticando los vestidos y peinados de varios de los asistentes. Raisie seguía detrás de la criada, mientras ésta se dirigía hacia Liliana para dejar los platos y charlar con ella, la cual se encontraba cortando varias fresas para el pastel. La pequeña no podía esperar más y aprovechando la oportunidad, antes de ser vista por alguno de los sirvientes, se apresuró hacia la puerta que daba afuera y se marchó corriendo, alejándose del castillo.

Unos minutos después, la princesa llegó a su sitio favorito, la pradera. Un lugar donde se mezclaban los aromas de las cientos de flores distintas y coloridas que reinaban en la zona. Alumbrada por la luz de la luna llena, las estrellas y el parpadeo de las luciérnagas, haciendo que todo pareciera mágico ante los ojos de la niña. No era la primera vez que se escapaba y se refugiaba en ese mismo lugar, sintiéndose segura, pese a estar sola o alejada de su padre. Se sentía viva y llena de alegría al poder contemplar la bóveda celeste, respirar hondo y oler la hierba.
Tumbada entre las flores, observaba el cielo, en busca de alguna estrella fugaz para pedir que le concedieran un deseo. De repente, sus ojos se iluminaron con lo que podría haber sido lo que tanto anhelaba. Sin embargo, solamente eran fuegos artificiales que provenían de los jardines del castillo. Raisie se sentó, mirando hacia su hogar y quedando reflejado en sus ojos cierta tristeza y el fulgor de los estallidos.

En ese mismo momento, en alguna parte del bosque, un sombrío ser se mezclaba en la oscuridad del cielo, sobrevolando las copas de los árboles. Sus tétricos graznidos se escuchaban por los alrededores, mientras aumentaba la velocidad con sus dos pares de alas. Sus plumas se deslizaban por el aire, convirtiéndose en lodo al contacto con el suelo. Cada vez que abría el pico, mostraba enormes sierras de colmillos afilados. Tenía un aspecto bastante grande, más que el de un cuervo común, y destacaba en él su único y brillante ojo bañado en sangre. Aquella criatura seguía volando, sujetando con sus fuertes y grandes garras a otro ser de sus largas orejas. Se trataba de un pequeño conejo. Todo él era de pelaje oscuro semejante a la tierra, menos su oreja izquierda y la zona de alrededor de sus ojos que eran de tonos parecidos al carbón, dándole un aspecto simpático con forma de antifaz por la zona de los ojos. Estaba insconciente y cubierto de sangre, debido a las heridas que le había causado el monstruo.

La bestia seguía volando, pasando muy cerca del reino. El castillo se veía a lo lejos, totalmente iluminado por los fuegos artificiales, que alumbraban a la criatura con sus destellos y resplandor. El conejo comenzó a abrir sus ojos lentamente, los cuales eran claros como agua y de pupilas rosadas. Al verse envuelto en aquella horrible situación, el animal empezó a moverse de un lado a otro, aterrado, intentando escapar. El horrible ser lo zarandeaba, clavando sus garras en la piel del animal. Sin rendirse y sufriendo un gran dolor, el conejo lo volvió a intentar, haciendo tambalear a la criatura, consiguiendo así liberarse y caer directo hacia los árboles.

Raisie seguía sentada con la mirada triste, pensando si debía regresar a casa. Sintiéndose culpable y con remordimientos, aunque a la vez orgullosa por lo que había hecho. Finalmente, decidió levantarse y volver. Se sacudió un poco el vestido y se sorprendió al mirar hacia abajo. Una pequeña ardilla voladora la miraba curiosa con sus grandes ojos.
-¡Hola, amiguita! -exclamó Raisie con dulzura.
Al escuchar las palabras de la niña, la ardilla salió corriendo hacia el interior del bosque.
-¡Eh! ¿Adónde vas? ¡Espera, no te vayas!
Raisie comenzó a seguirla, a toda prisa, olvidándose de volver al castillo. Sin embargo, en su primer paso en la entrada del bosque, sintió como si alguien agarrará uno de sus cabellos y le dijera con una voz suave:
-¡No entres en el bosque! ¡Regresa!
La princesa se quedó paralizada, tragó saliva y observó lo que tenía frente a sus ojos. Con cada destello de los fuegos artificiales se podía ver el interior del bosque bajo la luz de la luna. Árboles de troncos retorcidos que crecían por todas partes, gigantescas raíces que penetraban en la tierra y negruzcos champiñones que acampaban por cada rincón.
Por un momento, dudó en seguir caminando, pero la ardilla todavía seguía ahí, mirándola a lo lejos, como si quisiera esperarla. No obstante, pese al respeto de aquel paisaje, Raisie siguió hacia delante, pensando que sus cabellos se habían enganchado con las ramas y que aquella voz solo era producto de su imaginación. El animal planeaba de tronco en tronco, mientras la niña la seguía, alejándose cada vez más de la pradera. Cansada del juego, la ardilla trepó a lo alto de un árbol, seguida de la niña.
No era la primera vez que Raisie se había subido a un árbol, eran ya numerosas las veces en sus momentos de juego y sus ganas de vivir aventuras, pero aún así era difícil trepar, y más por la vestimenta que llevaba en aquel momento. Siguió trepando, resbalándose, sin importarle la posible caída. Ya no veía al roedor, pero siguió subiendo hacia una de las ramas que parecía moverse. Después de varios segundos e intentos, consiguió llegar hacia ella, sentándose y acercándose a las hojas.
-¡Vamos, no te escondas! ¡No te haré daño!
Raisie se acercó un poco más y con la mano movió parte de las hojas, apareciendo su pequeña amiga cubierta de sangre, medio devorada por un búho. La princesa no pudo evitar gritar aterrada, al ver a la ardilla en semejante estado. El ave agitaba sus alas velozmente, y esa mirada dorada y siniestra se clavaba en los ojos cristalinos de la niña. Totalmente atemorizada, se cayó de la rama, golpeándose contra el duro suelo, mientras aquel búho se alejaba ululando y perdiéndose en la noche.
Enseguida Raisie abrió los ojos y sintió un fuerte dolor de cabeza. Se encontraba mareada y con la vista borrosa. Ya no se escuchaban los fuegos, simplemente un extraño y viscoso sonido por todas partes que perforaba sus pensamientos. Después de unos segundos, pudo comprobar de que se trataba. Todo estaba lleno de gusanos necrófagos que se retorcían entre la carne podrida del cadáver de un ciervo. Aún confusa, y con el rostro pálido, la princesa apoyaba sus manos para intentar levantarse, pero lo único que conseguía era tocar a esas criaturas que tanta repugnancia le daban. Sin más remedio, sacó fuerzas de su interior, se levantó y echó a correr a gran velocidad, gritando y llamando a su padre, llorando desconsoladamente, perdida en el bosque.

Bastion regresó de los jardines y se adentró en el castillo junto a Bianca. Se encontraba mal, preocupado, como si algo horrible estuviera ocurriéndole a su pequeña. Al ver a Liliana llegar de la cocina con un altísimo pastel, le preguntó con tono severo:
-¿Dónde está Raisie? Ni siquiera ha visto los fuegos artificiales -dijo intentando tragar saliva.
-Está sentada en las escaleras, esperando para comer un buen trozo de este riquísimo pastel que he preparado para ella.
Al ver que no estaba ahí, Liliana se asustó y no pudo evitar que se le cayera todo el dulce manjar al suelo.
-¡Oh, majestad, os juro que la deje aquí! Solo fue un momento. Iré a su alcoba, seguro que estará allí dormidita.
El soberano se enfureció por completo al ver que su adorada hija estaba desaparecida. Era tanta su angustia que ordenó pausar el baile y que todos buscaran a la niña por cada rincón, que nadie durmiera hasta que regresara sana y salva. Se temía lo peor, imaginándose que podía perder a lo que más quería en todo el mundo, al igual que ocurrió con su esposa.
-Tranquilo, majestad. Estará bien, la próxima vez me encargaré personalmente de ella -dijo Bianca, calmando un poco la ira del rey, mientras a su vez, miraba con descaro a la sirvienta por su incompetencia.

La pequeña no sabía por donde ir, sus gritos se perdían con el silbido del viento entre las hojas. Cada vez había menos luz y el bosque entero era un infierno de oscuridad, como un abismo sin fondo. Donde los árboles parecían tener vida propia y los murciélagos fueran los reyes del lugar. Inesperadamente, la niña tropezó con algo, cayendo de nuevo al suelo. Quiso salir corriendo por si  se trataba de otro horrible ser, pero rápidamente giró su cabeza para ver con que había tropezado. Descubriendo al pequeño conejo boca abajo con las largas orejas arrastradas por el suelo. De inmediato, se acercó a él para comprobar si estaba con vida.
-¿Estás vivo? -preguntó entre sollozos.
-¡Ay! ¡Me hiciste daño! -exclamó mientras se tocaba la cabeza y cerraba uno de sus ojos.
-¡Puedes hablar! Pero, ¿cómo? -formuló sorprendida y confusa.
-Es una larga historia, niña. Ahora necesito que me hagas un pequeño favor, quédate aquí quietecita y no te muevas
Dichas estas palabras, el conejo salió corriendo, saltando al interior de unos arbustos y dejando a la niña completamente sola.
-Pero, ¿por qué? ¡Espera!
Repentinamente, el bosque quedó en absoluto silencio, escuchándose solamente en las lejanías los aterradores graznidos de la bestia, que se acercaba vorazmente siguiendo el rastro del animal. Raisie se dio la vuelta al escuchar el horripilante sonido. Observando como se acercaba cada vez más deprisa la oscura criatura, esquivando los troncos de los árboles con rapidez. La pequeña salió corriendo despavorida. Jamás antes había visto algo tan espantoso como aquello. El monstruo con forma de ave se acercaba cada vez más y más a la niña. Justo cuando la iba a agarrar, Raisie cayó al suelo esquivándola. La princesa se incorporó, cogió una piedra y sin pensarlo se la lanzó dándole en una de sus cuatro alas. La criatura rugió de dolor y volvió hacia ella, que salió huyendo de nuevo.
-¡El conejo! -gritó la niña, viendo muy de cerca al animal que seguía corriendo.
-¡Aléjate de mí! ¡Conseguirás que nos devore a los dos! -le gritó enfadado y atemorizado.
El pequeño animal se tropezó y rodó contra el suelo, Raisie pudo alcanzarlo y lo tomó entre sus brazos, sin importarle sus palabras. Corriendo con él, para intentar salvarse ambos. El conejo se sintió extrañado al ver la reacción de la niña y no ser abandonado por ella. Mientras tanto, la bestia seguía volando, intentando esquivar las ramas y troncos.
-¡Vamos, sigue corriendo! ¡Está quedando atrás! -exclamó el animal.
La bestia se detuvo, alzó sus alas y subió al cielo con gran velocidad.
-¡Lo logramos, niña! ¡Se ha ido!
Raisie se detuvo para cerciorarse de que estaban al salvo. De repente, el ave apareció de nuevo, cayendo en picado contra el suelo, convirtiéndose en un gran charco de lodo ante ellos. Sin embargo, comenzaron a formarse grandes burbujas y en una de ellas, el ojo ensangrentado de la criatura que se quedó observando a sus dos posibles presas.
-¡Sigue vivo! ¡No puede ser! -gritó asustada.
Una vez más, comenzó la huida, mientras el lodo adquiría una forma distinta a la vez anterior. Cuatro colas, cuatro patas, dos orejas puntiagudas y un largo hocico, donde en su interior, feroces colmillos estaban listos para despedazar la carne humana. Con la apariencia de un lobo, aunque más grande, aulló y comenzó a perseguir a la niña y al conejo a una velocidad desorbitada, mucho más rápido que antes. Raisie no tenía ninguna oportunidad de escapatoria, quedándose atrapada delante de un gran tronco que dificultaba su paso. El conejo se ocultó detrás de su falda. La muchacha tomó una de las ramas secas del suelo para intentar defenderse, muerta de miedo, mientras la bestia estaba más cerca.
Con la lengua totalmente sacada y con la boca abierta de par en par, el monstruo se abalanzó sobre sus presas. Pero, inesperadamente, un haz de luz apareció ante ellos y diciendo:
-¡Detente monstruo!
Todo el bosque se iluminó con una luz cegadora. Raisie cerró los ojos, sin poder ver nada, quedándose pensativa al reconocer aquella voz. Poco a poco, la criatura comenzó a disolverse, a desaparecer por completo, como si la luz quemara su piel y la eliminara sin dejar rastro.
La luz cedió, apareciendo ante la niña un diminuto ser, tres veces el tamaño de un dedo pulgar, semidesnudo, con apariencia de hada. Su aspecto era como el de un pequeño humano, a excepción de sus dos etéreas alas que nacían de su espalda y sus orejas alargadas. Tenía la piel clara y el cabello muy largo, radiante y claro como la nieve, totalmente recubierto de pequeños pétalos del color de la sangre y del mismo que el de sus ojos y labios.
-¡Tu voz! Fuiste tú quien me aviso que no entrara al bosque. Muchas gracias por salvarnos la vida.
-¡Vuelve a tu casa de inmediato! -dijo enojada -. Sigue ese sendero y regresarás al castil...
El diminuto ser cerró los ojos, desmayándose y cayendo encima de las manos de Raisie. No tenía demasiado poder, estaba agotada y había usado toda su energía en salvar a la niña. La pequeña partió a toda prisa hacia el castillo por la dirección indicada, seguida del conejo y acercándose a la pradera al escuchar su nombre.

Eran altas horas en aquella madrugada que parecía no tener fin. Raisie ya se encontraba en sus aposentos, preocupada y acostada en la cama junto a sus nuevos amigos, los cuales dormían plácidamente sobre la manta de terciopelo. Bianca también estaba allí, dejando un cuento en la estantería que le acababa de leer a la pequeña.
-¿Seguirá enfadado, padre? No quería asustarlo -preguntó preocupada.
-Tu padre te quiere mucho, ya viste el abrazo que te dio nada más verte. Tienes suerte de tener un padre así -intentó consolarla, sentándose al lado de ella sobre la cama.
-Lo sé -contestó cabizbaja.
-No te preocupes, pequeña -dijo acariciándole la cara -. ¿Hace tiempo que tienes esa muñeca? -preguntó observando una muñeca de trapo con cuerpo de madera que había en la mesilla junto a la vela que alumbraba la alcoba.
-Desde siempre, era de mi madre.
-Yo también tenía una parecida cuando era pequeña. -formuló con el juguete entre las manos, observando su cara. De repente, apareció una pequeña araña negra que correteaba por encima de la muñeca.
-¿Qué es eso? -preguntó asustada Raisie.
-Tranquila, no temas. Es solo una araña, la dejaré afuera.
Bianca se levantó de la cama con el arácnido entre sus manos. La dama se acercó al alfeizar y la dejó con delicadeza sobre la fría roca.
-¿Puedo pasar? -formuló Bastion, abriendo la puerta -.  Hacía años que no se veían de esas criaturas por estas tierras. Son espeluznantes -dijo refiriéndose a la araña y poniendo cara de espanto.
-Yo las considero hermosas y misteriosas -confesó Bianca, mirando hacia el arácnido que aún seguía por la ventana -. Será mejor que me vaya y os deje a solas. Buenas noches.
-Buenas noches- respondieron la princesa y el rey al unísono.
El rey se quedó un rato en silencio, mirando a todas partes, menos a su hija. Pronto se acercó a la cama, se sentó a su lado, la miró a los ojos y sostuvo una de sus pequeñas manos con dulzura.
-Lo siento mucho. No era mi intención, no lo volveré a hacer, te lo prometo -le prometió la niña con los ojos totalmente cristalinos, a punto de llorar.
-No vuelvas a asustarme así en la vida. No podría seguir viviendo si te pasara algo. Eres lo que más quiero, cariño -dijo mientras le caía una lagrima por su mejilla izquierda.
-Yo también te quiero, padre.
Los dos se abrazaron, olvidando en ese momento la mala experiencia, el dolor y la angustia, pudiendo sentir solamente el amor que sentían sus corazones.
-Ten, te he traído esto -dijo el rey mostrando a su hija el brillante colgante con forma de rosa que le había prometido a Alma que alguna vez le entregaría -. Era de tu madre, creo que es hora de que lo tengas, te protegerá.
-¿Era de madre? ¿Y para mí? Es bellísimo, lo cuidaré y lo tendré siempre conmigo. Muchas gracias, padre -expresó con una sonrisa y orgullosa de tener algo tan preciado, especial e importante entre sus manos.
-Será mejor que duermas, ya es muy tarde. Puedes quedarte con tu amiguito -dijo Bastion acariciando la cabeza del conejo, sin percatarse de la otra criatura.
-Gracias. Padre, una cosa más. Liliana no ha tenido culpa de nada, deja que siga cuidando de mí, por favor.
-Lo pensaré, ahora descansa. Qué duermas bien, mi pequeña flor -se despidió dándole un beso en la frente.
Al cerrar la puerta, el diminuto ser con apariencia de hada se despertó debido al sonido. Por un momento, se quedó observando la habitación, algo aturdida, sin saber donde estaba debido al cansancio y a la poca luz.
-Por fin has despertado. Estaba preocupada por ti. Pareces una de las criaturas aladas de mis cuentos, un hada.
-Aunque lo parezca, soy más bien parte del alma de tu madre -dijo acercándose a Raisie con sus aleteos, posándose sobre las palmas de sus manos.
-¿Parte del alma de mi madre? ¿Cómo? No entiendo -preguntó extrañada.
-Tu madre me creó a partir de la belleza de su flor favorita, de la fuerza del batir de las alas de una mariposa y del amor que sentía hacia a ti desde el primer día en que supo que venías al mundo. Llevo años cuidando de ti, protegiéndote.
-¿Protegerme de qué? ¿Y cómo es que puedo verte ahora? Si dices que llevas años cuidando de mí.
-De cualquier peligro. Y así es, el día en que tu madre..., bueno, el día en que naciste, yo nací también. Solo pueden verme quien yo quiero que lo haga o tú porque no tenía más remedio, nunca antes te habías expuesto a tanto peligro, insensata.
-Lo siento, mucho -se disculpó arrepentida -. ¿Cómo te llamas?
-No tengo nombre -contestó sin importarle el no tener uno.
Los minutos pasaban con preguntas y respuestas que no parecían tener fin entre la princesa y aquel diminuto espíritu.
-¿Tienes hambre? -preguntó la niña.
-Un poco.
Raisie se levantó de la cama y se acercó a uno de los cajones de su escritorio donde tenía unas pocas cerezas liadas en un pañuelo.
-Ten, quizá te gusten.
La criatura tomó con una de sus manos una de las cerezas, se quedó un rato mirándola, totalmente seria, y se la llevó a la boca, dándole un suave y delicado mordisco al fruto. Esto ocasionó que a Raisie se le escapara una risotada.
-¿De qué te ríes? -preguntó algo enfadada.
-Tu cabeza es del mismo tamaño que una cereza y además veo que te gustan. Ya sé como te voy a llamar -dijo pensativa -. Creo que te llamaré Ceres.
-¿Ceres? No suena del todo mal -respondió mientras seguía comiendo cerezas.
-Y a nuestro otro amiguito creo que le llamaré Ronny, siempre me ha gustado ese nombre. Ahora a descansar. Mañana será un nuevo día y con vosotros a mi lado seguro que no me aburriré tanto como hasta ahora.

CONTINUARÁ...

10 dic. 2013

Fecha y novedades de la última parte del Prólogo de Raisie


Se acaba el 2013, y finalmente no ha sido el año que esperaba para Raisie, aunque esto no significa que no haya sido un año de evolución, crecimiento y aprendizaje tanto para mí como el proyecto.

La reescritura ya llega casi a su fin para dar paso al comienzo de esta aventura que tanto tiempo llevo esperando, es decir, la publicación de la novela y el principio de la siguiente historia. Aún sin fecha y todavía con muchas cosas por hacer, espero que este libro obtenga lo que os prometí y es haceros disfrutar con la "leyenda" de esta princesa condenada a un destino incierto y plagado de dragones.

Para haceros más amena esta espera que parece que nunca llega a su fin, el día 20 de diciembre, comienzo de vacaciones de Navidad, estará disponible la tercera parte del prólogo, que además será lo último que se presente antes del lanzamiento de la novela y así despedir este año.

 20 de diciembre de 2013
Última parte del prólogo de Raisie

La siguiente continuación es la que más ha cambiado en comparación a la antigua Raisie, donde el 90% de las escenas son nuevas. Como por ejemplo: el baile de Bianca, donde las máscaras pasarán quizá para un futuro capítulo de la trama, y además de una descripción bastante diferente sobre el diseño de dos de los personajes más importantes, Ronny y Ceres, para que cumplan el nuevo objetivo de esta historia que es ser más real y juvenil.

Recordad, 20 de diciembre, os espero por aquí para leer la tercera y última parte del prólogo, donde la infancia de Raisie tendrá varios acontecimientos que la harán vivir en la más absoluta oscuridad.

8 nov. 2013

Apariciones de mis protagonistas en Raisie + Noticias Importantes


¡Hola a todos! Siento muchísimo no actualizar desde hace bastante tiempo, pero ya estoy por aquí para desvelaros algunas noticias importantes sobre el futuro de Raisie.

Lo primero de todo es sobre el lanzamiento de la novela que se retrasará un poco hasta nuevo aviso ya que tengo que solucionar aún varios problemas para poder publicarla. Espero que lo entendáis ya que es un proceso complicado y quiero lanzarla de la mejor manera posible dentro de mis posibilidades.

Para compensaros por tanta tardanza, en breve estará disponible la tercera parte del prólogo, que será el último texto antes de salir la novela. Además sigo preparando aquella pequeña sorpresa que os mencioné hace un tiempo y os mostraré la portada de Raisie, alguna que otra ilustración y personaje inédito, antes de la salida del libro.


Por otro lado, tal y como dice el título de la entrada, algunos de vosotros quizás recordaréis a la sirena que aparecía en la vieja historia, os confirmo que volverá a tener su aparición en la reescritura, aunque de una manera bastante distinta y oscura. Dicha sirena iba a ser la protagonista de una de mis novelas que nunca llegué a terminar y que por el momento seguirá sin ver la luz en su propia historia.

Por último, y ahora sí, os traigo novedades para todos aquellos que estáis esperando saber más sobre mi segunda novela oficial que saldrá en un futuro. Para quien no lo sepa, podéis leer un poco de información sobre este proyecto pulsando aquí.

Dicho libro no tendrá nada que ver con Raisie, ya que además de ser un chico el protagonista, y dejo la realeza para ir a la pobreza, ocurrirá tres siglos después sobre el siglo XVIII (Raisie es en el siglo XV). Sin embargo, os aseguro que el protagonista saldrá en una pequeña escena de Raisie. ¿Descubriréis quién es? Solo os doy como pistas que los cuervos estarán muy presente en su vida.

Muchísimas gracias a todos y muy pronto más noticias. ¡Y tranquilos que Raisie saldrá publicada antes de lo que esperáis! ¡Gracias!

6 oct. 2013

Novedades sobre Raisie en el juego "Akinator"

Actualización (08/10/2013 18:12hrs): Bianca y Gareth también han sido incluidos en el juego.


Hace unas semanas me llevé una grata sorpresa al descubrir que nuestra protagonista, Raisie, aparece en el famoso juego de Internet "Akinator", ahora añadir que ha sido incluida con la ilustración de la cabecera y además ha vuelto a ser introducida en el juego. Lo que quiere decir que aparece dos veces en los archivos y ha sido buscada más de sesenta veces. Y por lo visto, también me han añadido a mí, como autor de la obra y como escritor en general con el nombre de Patrick Tenebrae.


Desde aquí quiero volver a dar las gracias por todo esto, a los que habéis jugado y me habéis avisado de las novedades sobre nuestra princesa en el juego. Esperemos que más personajes como: Bianca, Gareth, Ceres o Ronny aparezcan también. Recordad que podéis seguir jugando pulsando aquí.

Por último, sé que hace os dije hace poco que os contaría más detalles sobre la reescritura, así que espero hacerlo muy pronto. Por el momento sigo trabajando cada día para sacar la novela adelante y en unos minutos espero abrir nueva entrada en mi blog personal para contaros como va mi vida y proyectos. ¡Muchas gracias a todos!

13 sept. 2013

Raisie aparece en el juego "Akinator, El Genio de la Web"


Una sorpresa curiosa con la que me he encontrado y me gustaría compartir con todos vosotros, y es que nuestra protagonista, Raisie, aparece en el famoso juego Akinator, tal y como podéis ver en la captura de esta entrada. Todavía aparece sin foto y cuesta bastante adivinarla, pero es fantástico que esté incluida en los archivos. Desde aquí agradecer que nuestra princesa salga en dicho juego, sea por alguien que la haya buscado o por la propia página. Os animo a todos a que juguéis para encontrarla, pulsando aquí.

Akinator, El Genio de la Web (Akinator, The Web Genie!) es un juego de Internet, donde un simpático genio te hace varias preguntas para encontrar al personaje famoso que quieres que te adivine.

¡Pronto más novedades sobre Raisie! En breve os hablaré sobre algunas curiosidades y personajes que aparecerán en la novela. Muchísimas gracias por toda vuestra paciencia, que sé que no es poca. ¡Aún seguimos sin Twitter!

20 ago. 2013

Últimas noticias sobre Raisie + Twitter suspendido

Para todos aquellos que estáis pendientes de como va el tema de la reescritura de Raisie y sobre el proyecto en general, hoy quiero aclarar algunas dudas que varios de vosotros me habéis preguntado, ya sea a través de comentarios por aquí o vía email. 

Lo primero que quiero hablar es sobre la cuenta de la obra en Twitter, que ha sido suspendida sin motivo alguno. Ya he enviado varios mensajes, para al menos tener una explicación, pero por el momento no recibo ninguna respuesta. Una pena, ya que teníamos muchos seguidores en dicha red. Al menos seguimos en Facebook, entre otras redes. 

Por otro lado, para los que preguntáis por la fecha de salida del libro y la portada, aunque ya estamos a mediados de año, no lo sé todavía. Por el momento sigo reescribiendo más de lo que esperaba, cambiando tantas cosas, incluso pensando nuevas escenas y personajes, para dejar la novela lo mejor posible. Tengo que enviarla también para autoeditarla o intentar de nuevo el tema de las editoriales, entre otros muchos asuntos pendientes. Estoy escribiendo la historia completa desde cero y preparándola para un público juvenil de entre 14-16 años. La diferencia con la anterior versión es muy grande. 

Esto quiere decir que aunque Raisie sigue sin fecha, el proyecto va avanzando y creciendo para tener un buen resultado final, que espero no defraude y podáis disfrutar. Además para compensaros la espera y la paciencia que estáis teniendo, que sé que es mucha, cuando acabe el libro prepararé personalmente un detalle para todos vosotros. Ya os iré contando más sobre esta pequeña sorpresa. 

Otro asunto que me habéis preguntado mucho, es sobre la segunda novela (que no tiene nada que ver con los personajes que conocéis), que empecé y anuncié hace un tiempo. Ese proyecto seguirá en marcha una vez que acabe la primera parte de Raisie, que ya os confirmo que nuestra princesa tendrá más de una historia, posiblemente será una trilogía

Por último, os recuerdo que en breve estará disponible la tercera parte del prólogo final, que será el último texto en presentarse antes de salir publicada la historia, podéis leer la segunda parte pulsando aquí. Sin más, un saludo muy grande a todos y muchísimas gracias por vuestro apoyo incondicional. Espero traeros buenas noticias muy pronto.

20 jul. 2013

Prólogo: Segunda Parte (Reescritura de Raisie)

AVISO

Lo que vais a leer a continuación es la segunda parte del prólogo de Raisie para su publicación, es decir, lo que encontraréis en el libro final. La tercera parte del prólogo se presentará en la web más adelante, y será la última parte que estará disponible antes de publicarse la obra. Todo este material está registrado.

Quizás encontraréis algunas faltas ortográficas, y os pido mil disculpas, pero todo este proceso será enviado a una empresa profesional de correción, para no encontrar errores en el libro una vez publicado. Este texto todavía está abierto a posibles cambios para el resultado final, si veo que son necesarios, pero serían diferencias mínimas.
Esta parte incluye una ilustración que se podrá ver en el libro. Sin más, muchísimas gracias por vuestro apoyo y espero que disfrutéis de la lectura.

 PRÓLOGO - SEGUNDA PARTE

A la mañana siguiente, no se celebró el nacimiento de la princesa sino el funeral de la reina. Al que asistieron nobles y plebeyos para despedir a su querida soberana, además de honrar, desde lo más profundo de sus corazones, su alma.
Su inerte cuerpo yacía bello y sereno, como una estatua de mármol, en el interior de un ataúd de madera, recubierto de distintas piedras preciosas en el mausoleo de la familia real. Un sepulcro ornamentado con exquisitas estatuas de piedra, inspiradas en algunos de los dioses y mitos de las creencias de Dalghor. Situado en el centro de uno de los cementerios del lugar, donde enterraban a los más ricos y a los valerosos guerreros que dieron su vida en tiempos de guerra.
El lugar en el que la monarca descansaría para siempre, mas su alma inmortal permanecería por toda la eternidad en los recuerdos de aquellos que en algún momento la amaron.

El rey no era del todo consciente de lo que había ocurrido. No obstante, quería demostrarle una vez más a a su esposa lo mucho que la amaba. Plantando con sus propias manos, rosas de todos los colores alrededor de aquel monumento funerario, y entregándole, de nuevo, un ramo de sus flores favoritas, acompañado de un último y legítimo beso para sellar esas puertas ya sin aliento.
En el momento en el que se disponían a cerrar el sepulcro de la reina, Bastion impidió que lo sellasen, abalanzándose sobre el difunto cuerpo de su Alma, estrechándola entre sus brazos mientras exclamaba desesperado y roto de dolor:
-¡¿Por qué dioses me habéis hecho esto a mí?! ¡De entre todos los castigos que podríais haberme infligido! ¿Teníais que arrebatarme lo que más amaba?! ¡Os hubiera entregado todo cuanto poseo, incluso hubiera cambiado mi vida por la suya!
Un amigo del soberano lo agarró y lo alejó de aquella que antes fue su amada, llevándoselo de allí. El fuerte y poderoso rey Bastion se las había visto con el único enemigo que ningún hombre puede afrontar y salir vencedor, la muerte.

Los días pasaron. Para la mayoría fue una situación difícil al principio, aunque el corazón que no se recuperaba era el del rey. Se sentía vencido, derrotado e inútil. Fue incapaz de proteger lo que más amaba y el tortuoso recuerdo de la muerte de su esposa le atormentaba, cada vez que intentaba cerrar los ojos para descansar. Bastion apenas hablaba, no tenía apetito ni ganas de vivir. Muy ocasionalmente, salía de sus aposentos y su aspecto mostraba cierta dejadez. Era como un muerto en vida, sin darse cuenta de las maravillas que todavía le rodeaban, como su pequeña hija, que estaba siendo cuidada y mimada por las doncellas del castillo. La gente intentaba alentarlo, pero era imposible, ni siquiera las alegres canciones de los trovadores, ni las emocionantes historias de los juglares o los divertidos trucos de los bufones de la corte, conseguían sacarle una pequeña sonrisa en su rostro. Cada día, sus amigos más cercanos le organizaban banquetes para evadir sus tristes pensamientos, incluso le enviaban grandes regalos, como riquezas y caballos de colores inusuales de crines rojizas y salvajes, intentando por todos los medios entusiasmar al monarca. Nada conseguía aliviar la pena de Bastion, estaba totalmente hundido y sentía su espíritu sin ambición alguna, preso de dolor, rabia y tristeza. Solamente quería recuperar a Alma, el verdadero significado de su vida.

Una noche, en la que el rey solamente deseaba descansar de las más completas y absolutas de las soledades de otro insufrible día, además de no hacer caso a sus agotadores pensamientos, se quedó un rato observando la única rosa que todavía seguía en el jarrón de su difunta esposa. La flor se encontraba completamente abierta y resplandeciente. Cuando hace tan solo unos días, era la más pequeña del ramo, la superviviente de aquella docena de rosas. Bastion acercó su nariz para oler el aroma, cayéndole una lágrima por su mejilla derecha al recordar a Alma. En ese instante, escuchó un extraño ruido que provenía desde ese mismo habitáculo. Enseguida se puso a observar a su alrededor, para ver de qué se trataba, y entonces vio la cuna de la princesa. Bastion se levantó de la cama, algo inquieto, asomándose para ver que hacía su hija. La pequeña dormía plácidamente. No obstante, comenzó a abrir muy despacio sus cristalinos ojos. Ambos se miraron a la cara. La agonía que sentía el rey en su interior fue atenuándose, poco a poco, sintiendo paz y alegría al contemplar los grandes ojos celestes de su hija. Inmediatamente, la princesa alzó las manos para que su padre la sostuviera, y así lo hizo, meciéndola entre sus fornidos y temblorosos brazos hasta que volvió a dormirse.
-No dejaré que nadie te haga daño, mi pequeña flor -dijo sonriendo con lágrimas en los ojos.
Desde ese día, Bastion comprendió que no estaba solo, tenía a una hija a la cual podría amar y una futura heredera al trono. Debía seguir adelante, tanto por ella como por él, además de pensar en todos sus súbditos. Sin importar las dificultades y la nueva situación a la que tenía que enfrentarse.
El tiempo pasaba, muy deprisa, y casi sin darnos cuenta, la princesa iba creciendo, rápidamente. Su padre la contemplaba orgulloso cada vez que la miraba, pues era lo más valioso que había en su vida. Finalmente, la llamó por el nombre de Raisie, que significa la pequeña de las rosas según el lenguaje de las hadas. La única flor que jamás se marchitaría de todo su reino.

Los años seguían transcurriendo en Dalghor, y no en balde, ya que prosperó aún más de lo que era conocido anteriormente, llegando nuevos habitantes, muy a menudo, con intención de hospedarse y trabajar en las tierras del lugar.
Dos pares de caballos de tonos parduscos como la tierra, tiraban con fuerza de una lujosa carroza de madera de álamo negro, de grandes y fastuosas ruedas traseras, y marcada con varios detalles en las distinguidas puertas. Aquel carruaje iba por un sombrío y serpenteante sendero de un bosque de hayas en dirección al reino. Acompañando y resguardado por la niebla, a la vez que el sonido del trote de los magníficos animales espantaba a las pequeñas criaturas, tales como perdices y liebres, que se cruzaban por el camino.
El cochero tiraba con firmeza de las riendas, guiando a los caballos hacia su destino. Era un señor bastante jovial, con los ojos aceitunados, y el rostro serio y pálido como la luna, al igual que su blanquecino y corto cabello. Pese a las largas horas de viaje, no se había despeinado ni lo más mínimo. Llevaba puesta ropa de colores apagados, distinguida y elegante, dándole un aspecto muy comedido.
En su interior, cuatro hermosas y sensuales señoritas se encontraban calladas y sentadas en los cómodos asientos de terciopelo. La más bajita de todas, Ishtar, de cabellera negra como la noche y ojos de colores semejantes al bronce, se encontraba sentada en el asiento delantero, mirando hacia abajo, algo nerviosa y mareada, mientras agarraba una parte de sus rojizos ropajes, parecidos al tono de sus labios. A su izquierda, se encontraba la pelirroja, Neith, suspirando y observando todo de un lado a otro, bastante aburrida. Una muchacha de mirada oscura y penetrante, que parecía que podía robar el alma con tan solo mirarla un par de segundos. Era la que más escote lucía con su largo y amarillento vestido. Enfrente, se encontraba otra dama con el pelo recogido en malla, al igual que ellas dos, Phalass. La más alta y joven de las cuatro. Tenía un rostro redondeado y los ojos entrecerrados, pudiéndose ver que el iris de sus ojos era de un rojo ensangrentado. Mostraba una actitud serena e iba ataviada con una vestimenta recatada y negruzca. Por último, y a su izquierda, estaba sentada y observando el paisaje a través de la ventanilla, la cuarta muchacha, su señora, la más bella de las cuatro. Una despampanante damisela que jugueteaba con uno de los largos mechones de su hermosa cabellera. Aquella joven, era poseedora de una belleza sobrenatural, irresistible y tentadora. Sus ojos, casi inhumanos, eran como el reflejo del cielo en el mar al alba. Una mezcla perfecta de colores que daban como resultado una mirada corintia y seductora. Tenía una tez tan blanca como la nieve y unos deliciosos y rojos labios cual exquisitas fresas. Su rostro era elegante, frío, pero también dulce. Derrochaba sensualidad por todas y cada una de las partes de sus estilizadas curvas y piernas que parecían no tener fin.
-Ya casi hemos llegado, señorita Bianca -dijo el cochero, dirigiéndose a la imponente muchacha, sin prestarle ella la más mínima atención a las palabras de éste. Solamente intentaba quitar con sus delicadas manos una pequeña mancha de su falda azul.
Las damas de compañía acercaron sus manos al faldón de Bianca, mas esta viendo como su espacio personal era progresivamente invadido, no dudo en apartarles las zarpas de un buen manotazo.
-¡Apartad! ¡¿Es que queréis estropearme aún más el vestido?! -exclamó colérica.
El sendero llegó a su fin. Los rayos de sol deslumbraron a los extranjeros tras salir del bosque. Ante ellos, acampaba un lugar precioso y colosal, dominado por el majestuoso castillo de Dalghor y las flores que rodeaban el reino entero. Era un paisaje realmente maravilloso y colorido, que invitaba a quedarse allí a vivir por toda la eternidad, como si se tratase de un paraíso terrenal.
La carroza se detuvo suavemente en medio del camino. Las doncellas comenzaron a bajar del carruaje, excepto Bianca, que esperaba sentada al cochero, para que éste le abriera la puerta. El hombre le ofreció su mano a la dama para que bajara con delicadeza. Enseguida prosiguió con su trabajo y agarró todo el equipaje de la joven, mientras ésta se atusaba el cabello.
-Señorita, no os preocupéis. Seguro que seréis la institutriz de la hija del rey. Recordad que Lisandru os esperará dentro del castillo.
-Mi querido, Kimaris, sé arreglármelas sola -contestó con actitud vanidosa -. Por cierto, una pregunta. ¿Cómo se llamaba la princesa? -formuló curiosa.
-Si no me equivoco, creo que se llama Raisie.
-¡¿Raisie?! Curioso y singular nombre -contestó algo sorprendida.
-Disculpadme, pero si no necesitáis más de mis servicios, me gustaría partir antes de que me alcanzase la noche. Cuidaremos muy bien de él en vuestra ausencia.
Bianca sintió cierto nerviosismo al escuchar las palabras de Kimaris, aunque no dijo nada, intentó ignorar de nuevo al cochero, mientras que sus damas de compañía tomaban todo el equipaje. Phalass portaba un par de bolsas forradas en seda. Detrás la seguían Neith e Ishtar con un baúl de madera rojiza que estaba cerrado bajo llave. A los pocos segundos, la carroza se perdió en la frondosa vegetación. La joven miró a la ciudad con sus grandes ojos como si quisiera desafiar su futuro en Dalghor. Respiró hondo y caminó hacia delante, decidida, con la cabeza bien alta y seguida de su séquito.

Fueron muchos los que se fijaron en la llegada de aquella doncella tan atrayente y sus damas. Observaban su belleza y elegancia al caminar por las calles de Dalghor. Las mujeres chismorreaban y recelaban sobre su níveo rostro, y sobre sus relucientes y largos cabellos, los cuales brillaban de una forma particular, que podía llegar a recordar a la sangre cuando brota mortalmente de la herida de algún desdichado, corriendo libre y salvaje sobre el suelo. Los hombres, en cambio, se acercaban a ella para contemplarla mejor e intentar conocerla, siendo atraídos como moscas a la deliciosa miel. Era raro ver a semejante fémina, con aquellas características, por las tierras del lugar. Por no hablar, del ostentoso vestido que llevaba que la hacía destacar, aún más, del resto de campesinos. Un precioso atuendo de mangas largas que realzaba su sensual figura de reloj de arena. Bianca no decía ni una sola palabra, solo sonreía amablemente ante los comentarios de los ciudadanos, haciendo que suspiraran por ella. Sin duda alguna, era una mujer muy singular y enigmática, y de entrada parecía amistosa.
-¿Adónde te diriges, encanto?  Yeguas como tú no se ven en todas las cuadras -preguntó un robusto hombre que iba a caballo, muy interesado en los atributos de la joven.
-Me dirijo hacia el castillo -contestó con dulzura.
-¡Eres más apetecible que un buen trago de cerveza! ¡Ven y bebé un poco con nosotros! -exclamó otro fornido ciudadano que, a esas horas, descansaba de su faena en el campo.
Aquel hombre, bastante ebrio, reía fuertemente con sus amigos, sin percatarse de la presencia de su esposa, la tabernera, que se encontraba justo detrás de él. La mujer estaba furiosa por la situación, y sin dudarlo, derramó todo el ron que llevaba en la bandeja sobre las calzas de su esposo.
-Quizás en otro momento -contestó Bianca, sin poder evitar que se le escapara una pequeña risotada -. Si me disculpáis, debo irme -se despidió con coquetería del resto de ciudadanos, deseosos por saber más de ella.
Bianca caminó de nuevo, seguida de sus sirvientas, esta vez con más elegancia y frescura de la habitual. Las miradas de los curiosos no cesaban, haciéndola sentir preciosa, importante y única en todo el reino. Sabía que era el centro de atención, y aquellas palabras, aunque fueran vulgares para ella, hicieron crecer, aún más, su ego.
Muy pronto, llegaron a las puertas del castillo, donde un vigoroso guardia hacía su jornada como de costumbre, custodiando la entrada para no dejar pasar a ningún indeseado. Por sus torpes movimientos parecía no tener mucha experiencia en su trabajo. Tenía los ojos castaños, una fina barbilla y una nariz puntiaguda. Su cabello corto era de color semejante al tronco de los almendros.
-¿Qué se os ofrece? -preguntó el hombre con voz firme.
-Buenos días, caballero. Mi nombre es Bianca y vengo desde lejanas tierras para hablar con vuestro rey -contestó a la vez que hacía una reverencia.
-El rey está muy ocupado en estos momentos, volved en otra ocasión -dijo con total seriedad.
-Por favor, solamente serán un par de minutos -rogó la joven, guiñándole un ojo y haciéndole sonrojar -. Además, he venido expresamente hoy porque vuestro soberano me está esperando.
-¿Cómo decíais que os llamabais? -formuló algo nervioso, ojeando un par de pergaminos.
-Bianca, Bianca Cinerea.
Tanto el guardia como la señorita, se miraron a los ojos con miradas cargadas de insinuación, hasta llegar a un punto donde él se ruborizó. Casi se podía respirar en el aire cierta tensión y atracción por parte de ambos.
Sin más miramientos, el hombre aceptó la petición de la muchacha, dejándola entrar y ayudando a sus damas de compañía con parte del equipaje.
Al entrar al castillo, el ambiente era más cálido y acogedor. Se podía oler los exquisitos manjares que se estaban preparando en la cocina. Una mezcla deliciosa de aromas, entre vainilla y pan recién horneado.
Bianca caminaba detrás del guardia, mientras éste le contaba algunas anécdotas del castillo. La joven miraba con expectación cada detalle del lugar. Observaba los coloridos tapices y las vistosas vidrieras que resplandecían con la luz del exterior. Al final de la sala, Bastion estaba sentado sobre su distinguido y majestuoso trono, firmando un interminable pergamino, en el que se encontraba los nombres de todos los invitados a una fiesta que se celebraría, en tan solo unos días, en Dalghor.
A su lado, uno de sus hombres de más confianza, lo observaba muy atento. Era un señor con el cabello bastante canoso, cara de pocos amigos, ojos muy grises, tanto o más como un día nublado, y de cejas anchas y espesas. Totalmente erguido, vestía elegantemente, y con orgullo, su uniforme de canciller.
Pasaban los minutos, el rey no se había percatado de la presencia de la mujer. Bianca intentaba controlar sus nervios y su poca paciencia, pero, sin reparo alguno, tosió para llamar su atención. Enseguida el guardia la presentó:
-Majestad, os ruego que me disculpéis, mas esta señorita ha insistido mucho en veros. Su nombre es...
-Bianca Cinerea -le interrumpió la joven, mientras que, a su vez, hacía una reverencia -. He venido desde el reino vecino de Taiax, para ser la institutriz de vuestra hija.
Bastion se quedó perplejo por la belleza de la muchacha, ni siquiera había escuchado lo que decía la joven. Estaba totalmente embelesado, sin aliento y sin saber como reaccionar. No le salían apenas las palabras y lo único que conseguía era tartamudear.
-Majestad, ella es la doncella que os mencioné hace unos días. Estoy seguro que hará un trabajo espléndido -le recordó el canciller.
-He trabajado durante varios años para las mejores familias de mi país -añadió Bianca.
El monarca no apartaba la mirada de la dama, aunque intentaba disimular su nerviosismo. Tragó saliva y, tras meditarlo unos segundos, por fin pudo hablar como de costumbre.
-Señorita, creo que os estáis confundiendo, mas mi hija ya está lo suficientemente atendida. No son necesarios vuestros servicios.
La expresión de Bianca cambió radicalmente. Sin embargo, no se daba por vencida, necesitaba ese trabajo y su viaje no iba a ser en vano. Inesperadamente, la joven se acercó al trono, se puso delante del rey y lo miró a sus oscuros ojos, agarrándolo con delicadeza de la barbilla.
-Por favor, no os arrepentiréis, tan solo os ruego una oportunidad. Seré como una madre para ella -intentó convencerlo con una voz dulce y a la vez sensual.
Bastion no daba crédito al descaro de la dama. Los latidos de su corazón se aceleraron, incluso se preguntaba así mismo si era cierto lo que estaba ocurriendo. Si hubiese sido otra persona ya estaría fuera del castillo o hasta encerrada en los oscuros calabozos, pero ella, ese atrevimiento la hacía tan atractiva. Además, bien era cierto que la princesa necesitaba más atención y que no siempre podría dársela o depender de las criadas. El rey estaba indeciso en darle una oportunidad a la muchacha, no obstante, se la concedió con cierto reparo.
-Está bien, os daré una oportunidad, mas a la mínima os echaré fuera del castillo -explicó Bastion con voz temblorosa, que pretendía ser firme.
-Por supuesto, ya veréis como no os decepciono, soy muy eficiente -sonrió la mujer, soltando con suavidad, casi acariciándolo, el mentón del monarca.
-Por favor, Lisandru, avisad a las doncellas para que preparen la alcoba a nuestra invitada, nuestras invitadas -se corrigió al ver al resto de chicas -. Que Ottavio os acompañe con sus pertenencias a la habitación esmeralda -ordenó el monarca al canciller y al guardia.
Ambos obedecieron y fueron de inmediato a cumplir sus cometidos. Mientras tanto, se escucharon unos pequeños pasos de fondo, interrumpiendo el acercamiento entre Bastion y Bianca. De repente, apareció una hermosa niña de largos cabellos dorados como los últimos rayos de sol del ocaso. La pequeña llevaba puesto un blanquecino vestido con algunas pequeñas manchas de barro, que intentaba ocultar para no ser regañada por su padre.
-¡Padre, padre! -gritó la niña al rey.
-¿Cómo está mi pequeña flor? -le preguntó emocionado y a la vez feliz.
La princesa se sentó sobre las rodillas de su padre, como hacía a diario, y comenzó a explicarle lo que había hecho, mientras que Bianca la observaba curiosa de arriba abajo.
-Bien padre, he estado jugando con los animales en el jardín.
-¿Sí? Eso es maravilloso, mi princesita -dijo risueño y dándole un beso en la frente .- Mira cariño, te voy a presentar a una nueva amiga. Se llama Bianca, y es esta joven que tienes frente a ti.
-Buenos días, princesa. ¡Sois realmente encantadora! ¿Qué edad tenéis vos? -dijo la dama con una dulce y tierna sonrisa, intentando ser simpática.
-¡Gracias! Es un placer, y tengo seis años de edad -contestó Raisie, volviendo al suelo y haciendo una reverencia.
-Las dos vamos a ser muy buenas confidentes, ya lo verás.
El rey ordenó a las criadas que acompañaran a Bianca a sus aposentos. Las sirvientas la llevaron a un espléndido habitáculo de grandes dimensiones y decorado con suma exquisitez. Al entrar, se podía oler un fresco aroma a menta que desprendía una planta que había cerca de la ventana, cuyo olor impregnaba suavemente la habitación. La alcoba era elegante y distinguida, parecía estar dispuesta a satisfacer los deseos de una reina. No le faltaba ni el más mínimo detalle, incluso el tocador estaba provisto de numerosos y distintos perfumes. Bianca curioseó todo rápidamente y dejó el equipaje en el suelo, para más tarde dirigirse a inspeccionar el castillo.

Ya era casi de noche en el reino. El crepúsculo vespertino aguardaba a la luna en el cielo con su mezcla de rojizos, rosados y anaranjados colores, tras la puesta de sol. Las palomas blancas vagaban sin rumbo entre las altas torres del castillo, a la vez que eran guiadas por el suave murmullo del viento errante, para resguardarse del frío del anochecer.

Ese mismo día, Bianca recorrió gran parte de las numerosas y fascinantes habitaciones del lugar. Cada una más maravillosa que la anterior. Cientos y cientos de dormitorios y galerías, de las cuales, no quería perderse ni el más mínimo detalle. Andaba graciosamente por los laberínticos pasillos, curiosa y decidida, como si en realidad buscase algo en concreto.
La hermosa joven siguió caminando hasta que llegó a un oscuro corredor. Se quedo quieta, por un momento, observando la vieja puerta que se podía contemplar al final. Sin pensarlo más, siguió hacia delante y se detuvo ante ella, agarrando con suavidad el dorado pomo. Miró hacia atrás, algo inquieta, por si alguien la observaba, y finalmente entró. La joven miraba de un lado a otro aquella habitación. Un amplio habitáculo, repleto de muebles que estaban cubiertos por sábanas blancas, como queriendo ocultar, o más bien proteger, el pasado.
Sin reparo alguno, la mujer comenzó a retirar las polvorientas cubiertas, dejando a la vista los lujosos enseres y muebles, que escondía aquel misterioso lugar, hasta que encontró un distinguido y exquisito tocador. Al ver su rostro en el espejo, sonrió y se detuvo. Siempre se quedaba maravillada con su reflejo, y si por ella fuera, podría estar horas enteras contemplando y admirando su belleza, pero no tenía mucho tiempo, en aquel momento, y dirigió su mirada a los distintos objetos que había sobre la madera. Había varios perfumes, algunas joyas, un cepillo bañado en oro, un pequeño espejo y una flamante tiara de oro blanco con rubíes incrustados.
Totalmente decidida, Bianca agarró con firmeza la tiara, se miró al espejo y la colocó suavemente sobre su cabeza, como si le perteneciera solamente a ella.
-Podría ser más ostentosa, pero supongo que es un comienzo -susurró frente al espejo, mientras ponía poses coquetas, a la vez que se atusaba el cabello.
-¿Qué estás haciendo? -preguntó una dulce e inocente voz.
Al escuchar esas palabras, Bianca se giró sobresaltada. La princesa la había seguido en todo momento y había visto lo ocurrido.
-Esa tiara era de mi madre -dijo algo extrañada por los actos de la recién llegada.
-Tú misma lo has dicho, ricura, era de tu madre. ¿No crees que me sienta bien?
-A mi padre no le gusta que toquen sus pertenencias -contestó enojada, dirigiéndose a la puerta.
Bianca estaba muy nerviosa, debía detener a la niña, antes de que confesara todo a su padre. Se acercó a ella, rápidamente, la agarró con suavidad por los hombros y la llevó frente al espejo, colocándole sobre su cabeza la tiara de Alma.
-Ves, tú también estás radiante con ella.
Al escuchar el cumplido de Bianca, Raisie se sonrojó. Ambas no apartaban la vista de sus reflejos. La pequeña se quedó pensativa al verse reflejada, sintiendo remordimientos y admiración por ver que llevaba la corona de su propia madre.
-He oído decir muchas veces que mi madre era muy bella, pero yo nunca la conocí. Solamente la he visto en algunos retratos y parecía realmente hermosa.
Según iba diciendo esas palabras, la princesa sintió un vacío enorme en su interior, volviendo a la cruda realidad. Una realidad donde le faltaba un cariño maternal. Bianca se percató de la desdicha de la niña al ver las pequeñas lágrimas que brotaban de sus ojos, sin poder evitar que, ella misma, sintiera ternura por Raisie.
-¿Sabes una cosa? Que yo creo que cuando crezcas, va a ser una dama tan resplandeciente como ella.
-¿De verdad lo crees? -formuló con una sonrisa.
-Por supuesto que sí, y ahora que ambas nos hemos probado la tiara, podemos considerar que tenemos nuestro primer secreto.
-¿El primero? -preguntó nerviosa.
-Voy a estar contigo mucho tiempo, pequeña, y podrás compartir conmigo todos los secretos que quieras. Tu padre no tiene por qué enterarse de que estuvimos aquí, ¿verdad? -dijo dulcemente, dejando la tiara sobre el tocador y dirigiéndose ambas hacia la puerta.
-Está bien, será nuestro primer secreto. 

13 jul. 2013

Fecha de la segunda parte del prólogo de Raisie

Se acerca el día de mi cumpleaños, y tal y como hice el año pasado para poder celebrarlo con todos vosotros, el 20 de julio estará disponible la segunda parte del prólogo de la reescritura final de Raisie.

20 de julio de 2013
Segunda parte del prólogo de Raisie


Espero vuestras más sinceras opiniones y que disfrutéis de la obra, todos aquellos que queréis seguir leyendo la historia antes de salir publicada. Por el momento, sigo trabajando en la reescritura aprovechando estos meses de verano para lanzarla lo mejor posible. Muchas gracias por todo vuestro apoyo y recordad que el sábado que viene, en una semana justa, estará la segunda parte del prólogo.

7 jul. 2013

Nuevos fanarts + Nota sobre el prólogo


Primer fanart de Raisie basado en el nuevo diseño y que recibo en persona, realizado por Juan José Carrillo, amigo de uno de mis hermanos. Desde aquí quiero agradecerle este gran regalo que me ha encantado. Pulsad en la imagen para verla completa y en mayor tamaño.

También dar las gracias a Antochan y a Shunky por otros dibujos que me enviaron hace un tiempo sobre nuestra protagonista, siento la tardanza en presentarlos. En cuanto vuelvan a estar online las secciones todos estos fanarts serán incluidos en dicho sitio.

Por último, deciros que en unos días desvelaré la fecha de la segunda parte del prólogo para todos aquellos que queréis seguir con la lectura de la reescritura final. Añadir que sigo trabajando en la obra para poder sacarla lo mejor posible. Muchísimas gracias por vuestra paciencia.

16 jun. 2013

Nuevas incorporaciones para Raisie


Tal y como dije el pasado domingo, hoy os desvelo una de las grandes e importantes novedades que habrá en la reescritura de Raisie.

Se trata de la incorporación de un nuevo personaje cuya presencia no pasará inadvertida para la historia principal. No os puedo contar mucho más por el momento, solamente que hace unos días acabé su primera escena y dará mucho de que hablar. 

Siendo sincero, al principio dudé bastante en introducir a este personaje, ya sea por sus acciones, actitud o momentos, sin embargo estoy muy contento por este paso para la obra. Os recuerdo que no será el único nuevo en aparecer. Pronto más detalles de la novela.

9 jun. 2013

¡Más de "200 Me Gusta" en Facebook!

Para empezar con esta entrada, quiero dar las gracias a todos los que habéis leído la primera parte del prólogo y habéis dejado vuestra opinión. Para mí es muy importante saber que opináis de la obra, os lo agradezco muchísimo.


Por otro lado, también quiero agradecer a los que habéis dado a "Me Gusta" en nuestro Facebook oficial, donde ya hemos superado los doscientos, en Twitter somos más de seiscientos seguidores. Sin olvidar los de la web, que también llevamos más de doscientos. ¡Muchas gracias!

Aprovecho para decir, además de los agradecimientos, que estéis atentos esta semana a la página, ya que iré desvelando novedades sobre Raisie, entre otras noticias del libro. Tampoco me olvido de las secciones, que muy pronto estarán de nuevo disponibles y actualizadas. 

18 may. 2013

Nueva Cabecera Provisional + Subtítulo + ¿Posible Saga?


Si hace tan sólo unas horas os dejaba disponible la primera parte del prólogo de la reescritura de Raisie, ahora os traigo también una nueva cabecera provisional para la página. La secciones irán siendo actualizadas, además de los botones y posiblemente el fondo.

Hacía falta un cambio de diseño urgente, y más para lo que quiero aportar con la nueva versión, algo realista, maduro y serio. Por ello, dejamos los colores por un tiempo, centrándonos en la protagonista de la obra. Una vez que Raisie vaya a salir publicada, esperamos poner un diseño coloreado con varios de los personajes. 

Agradecer enormemente a Sonne, el ilustrador oficial de Raisie, por el fantástico trabajo. No dudéis en seguir su espectacular cómic y visitar su galería. Para cualquier consulta o pedido tan sólo tenéis que contactar a través de su correo electrónico. De paso, aprovecho además para agradecer a L.R.A (Alice) por lo mucho que me está ayudando con la edición. 

Por otro lado, el diseño no es la única novedad. ¿Os habéis fijado en el subtítulo? "Raisie: La Rosa y el Dragón". El motivo es que estoy pensando ideas para que Raisie sea una saga, aún no os confirmo nada, pero es una gran posibilidad, sólo digo eso por el momento. 

Por último, decir que aún sigo trabajando duro en la reescritura y cualquier novedad os iré informando. Espero vuestros comentarios y también vuestras opiniones en el adelanto. ¡Muchas gracias!

17 may. 2013

Prólogo: Primera Parte

La historia que os voy a relatar ocurrió hace mucho tiempo, en una época
oscura en ausencia de luz, plagada de magia que invocaba a lo desconocido
y dueña de bestias inimaginables que custodiaban los antiguos bosques del
pasado.

Era una época antigua, poderosa y salvaje, en la cual, si escuchabas bien,
podías oír el solemne y eterno canto de la naturaleza resonar por entre las
rocas.

Para algunos, no es más que un relato repleto de belleza, poder, rencor, deber
y amor, como tantos otros, pero para algunos, fue y por siempre será, una
auténtica historia, tan real y verdadera como el olor de las rosas cuando
florecen en la primavera.

Todo sucedió en el próspero reino de Dalghor. Un pintoresco y modesto
lugar situado justo en el centro de la gran isla de Nidhug. A pesar de ser un
sitio generalmente tranquilo, había pasado por diversas etapas que marcaron
por siempre el rumbo de sus gentes, conocidas por los ciudadanos como Las
Eras Lóbregas, debido a las guerras que tuvo con Ziremere por el control de
unas minas de oro situadas en los límites de ambos reinos, las cuales
vinieron seguida de epidemias debido a la pobreza y mala alimentación de
sus habitantes que había dejado tras de sí la guerra. Sin embargo, esos
sucesos remotos, convirtieron a Dalghor en lo que era conocido tras los
siglos, en un país sólido y fuerte, con habitantes orgullosos de la tierra donde
nacieron, haciéndose llamar Dalgorienses.
El reino estaba rodeado de numerosas montañas y profundos bosques,
cercano a una laguna de agua cristalina y atravesado por un serpenteante río.
Tenía dos rutas de acceso hacia los países más cercanos, Ziremere, nación
bastante fría situada al noroeste de la isla, con la cual Dalghor había tenido
desde siempre innumerables problemas políticos y Taiax, gran imperio
costero en dirección al sur. Éstos proporcionaban comercio del exterior y la
posibilidad de vender o intercambiar los productos característicos de
Dalghor.
Su economía se basaba principalmente en la ganadería y la agricultura, ya
que Ziremere al ganar la guerra, tomo posesión de las minas de oro. La tierra
del reino era fértil, lo que daba lugar a grandes cultivos, en especial, de
manzanos, cerezos, fragarias y truferas, además del suficiente alimento para
el pastoreo de cabras o la crianza de caballos pura sangre. Aquellos corceles
tenían el pelaje brillante y había de distintas tonalidades de rojo, marrón o
beige, pero sobre todo predominaban aquellos que tenían las crines blancas y
negras. Realmente eran animales preciosos, veloces y formidables, aptos
para los épicos torneos de caballeros que organizaba Dalghor. Aquellas
competiciones de caballería tomaron gran popularidad por los alrededores.
Al igual que los folklóricos bailes y festivales que celebraba el reino,
dedicados generalmente a la llegada de las estaciones.
Su capital se encontraba en el interior de una ciudadela, una gran fortaleza
de piedra que amurallaba la ciudad. Un bonito lugar de suelo empedrado y
compuesto por acogedoras casas de coloridos tejados, una gran plaza central
y un castillo digno de reyes en el que se reflejaba todo el orgullo y la
grandeza del reino.
Aquel majestuoso edificio, daba la sensación de rozar las blancas nubes con
sus altas torres puntiagudas, que acababan con agitadas banderas ondeando
victoriosas con el viento. Los rosales invadían trepando los grandes muros
de piedra y hermosas figuras daban la sensación de cobrar vida en las
vistosas vidrieras de colores.

El día en el cual todo comenzó, era un agradable día de primavera. Se
podían escuchar los melodiosos cantos del petirrojo y del ruiseñor. El cielo
estaba azul y los resplandecientes rayos del sol iluminaban un gran
dormitorio a través del cristal de la ventana. Un suave aroma a incienso y
mirra recorría toda la estancia. La habitación era lujosa, distinguida, cálida,
realizada con sumo gusto para la realeza. Las cortinas eran de un color rojo
intenso, pesadas y tupidas, mientras que las sábanas blancas de seda cubrían
una preciosa cama. A su lado, una pequeña cuna de madera de cerezo, rica
en detalles tallados y con una muñeca en su interior, parecía haber esperado
durante bastante tiempo la llegada de un bebé.
Una delicada y distinguida mujer se acercó a ella, la miró con alegría y
deslizó con dulzura su mano izquierda sobre la madera. Suspirando, caminó
hacia atrás y se sentó en una silla, donde delante tenía un escritorio repleto
de libros, entre otros objetos y artilugios.
Aquella muchacha estaba embarazada, gozaba de juventud y gran belleza.
Tenía un rostro fino, sus cabellos eran claros, como el trigo en verano, y
poseía una mirada gentil y soñadora. Sus ojos verdosos mostraban un
pequeño y místico reflejo azul. Lucía un elegante y cómodo vestido de tonos
morados y granates, con bordados de oro fino sobre el pecho. Por su
estilizada espalda se deslizaba suavemente la tela del cachemir. En su
delicado cuello pendía un lustroso colgante y en su cabeza brillaba el
símbolo que la representaba, una flamante corona de oro blanco con rubíes
incrustados. Era la reina Alma de Ziremere.
La Reina era querida y respetada por la mayoría de sus súbditos como
consecuencia del buen trato que mostraba siempre ante ellos, además de la
ayuda que ésta ofrecía a quien lo necesitaba. También fue un factor clave
para la alianza con el reino vecino de Ziremere, debido a su casamiento con
el rey Bastion II de Dalghor.
De repente, alguien llamó a la puerta de la habitación. Era el Rey, un hombre
joven, alto, algunos dirían incluso que apuesto, de mirada penetrante y
aspecto fornido. Tenía el pelo negro como el azabache y su espesa barba
cubría gran parte de su cara. Aquel día iba vestido de color cetrino, portaba
varios anillos y un pesado colgante.
Bastion era un buen soberano, aunque no fue dotado de demasiado saber
político, a causa de ser coronado bastante joven, tras la inesperada muerte de
sus padres. Cuando tan sólo era un zagal de diez años de edad, sus padres
murieron en una emboscada mientras realizaban un viaje cercano a los
dominios de Xezbet. Un reino situado al sureste de Nidhug, donde en el
pasado sus habitantes eran expertos en la nigromancia, artes prohibidas que
muchos no se atrevían a mencionar.
Pese a su triste historia y refugiarse en las grandes celebraciones, como los
banquetes o los bailes, constantemente sacaba fuerzas para seguir adelante
junto a los sabios consejos de su esposa, la única persona a la que amaba de
verdad.
El monarca entró al cuarto tímidamente, dando enormes zancadas y
arrastrando su larga capa por la alfombra. Intentaba esconder torpemente
algo detrás de él, se trataba de un regalo para su amada.
-Así que aún seguís aquí, mi querida y bella esposa. ¿Qué estábais haciendo?
-Hola, querido -respondió mientras se levantaba de la silla-. Escribía en mi
diario los avances de mi embarazo. Aunque con lo avanzado que está ya me
cuesta horrores sólo el coger la pluma... Ya que tengo hinchados los dedos y
brazos y mi barriga es tan prominente que tengo que rodearla con los brazos
para poder escribir.
-Deberíais de descansar, amada mía, ya sabéis que los esfuerzos pueden ser
fatales ante un embarazo tan avanzado como el vuestro- dijo el rey
preocupado.
-Os preocupáis en vano, querido. Ya sabéis lo importante que es escribir para
mí en mi diario. Me ayuda a recordar quien fui y a todos cuanto amé y ya no
están aquí...- dijo la reina con cierta melancolía en su voz- mas no os
preocupéis, escribir en el diario tampoco me fatiga tanto, más me fatiga
realizar tapices y aún lo hago con cierta destreza a pesar de mi estado.
La reina dirigió una mirada a la cuna, cambiando su tono melancólico por
uno más alegre mientras decía- mirad Bastion, dentro de poco seremos
padres... Es todo tan idílico que me cuesta hasta creerlo.
-Tenéis razón- dijo acariciando el vientre de su esposa- En cualquier
momento puede llegar y bendecirnos. Por fin nuestro sueño se hará realidad,
después de tantos años.
-Estoy deseando con toda mi alma el poder tenerlo entre mis brazos y
cantarle las más dulces canciones de cuna, nuestro primer hijo, Bastion… -
contestó con una tierna mirada.
-El primero de muchos -añadió Bastion con voz entrecortada y entregándole
un dulce beso en los labios - Por cierto, os he traído un pequeño obsequio.
El Rey, bastante inquieto, desveló el presente a su esposa, alegrándose ella al
ver de que se trataba.
-¡Raisas! ¡Mis flores favoritas! Muchísimas gracias, cariño. ¿Cómo las
habéis conseguido? -preguntó con dulzura.
Aquellas rosas eran realmente preciosas, una docena, todas ellas abiertas,
menos una, la más pequeña del ramo. Daban la sensación de ser la mezcla
armónica entre el amor y la más inocente belleza. Sus pétalos se fusionaban
entre un rojo sangre y un blanco tan pálido como la nieve. En su interior, un
pequeño fulgor brotaba de los estambres, dándole un aspecto aún más
hechizante a aquellas flores, que desprendían un exquisito y relajante aroma,
no había otro olor igual en todo el mundo.
-Me he levantado esta mañana antes de que saliese el alba para recogerlas.
Incluso me interné en el bosque con el único propósito de poder entregaros
hoy este ramo -dijo mientras se acercaba para darle otro beso -Mas ahora,
debo seguir con mis obligaciones, si me necesitáis estaré abajo. Avisaré
también a las sirvientas para que no os falte de nada.
Bastion salió del dormitorio, notándose en su rostro lo feliz que era. Estaba
verdaderamente enamorado de su esposa y muy pronto tendría a su
primogénito. Todo era perfecto, aunque no podía olvidarse de la infinidad de
tareas que le aguardaban.
La Reina se quedó pensativa por un momento y aproximó su nariz para
disfrutar de la dulce fragancia del ramo. Caminó hacia el escritorio,
agarrando con suavidad un lujoso jarrón de cerámica donde vertió un poco
de agua de una jarra. Dejó reposar las rosas en su interior para que no se
marchitaran y las acercó a una de las mesillas cercanas a la cama.
Más tarde, Alma se dirigió a la ventana, la abrió y apoyó sus brazos en el
alféizar. Sus pupilas se dilataron debido a los destellos del sol, pero
enseguida pudo contemplar la majestuosidad del paisaje que reinaba ante
ella. Sin embargo, su mirada se fijó en una pequeña mariposa de alas rosadas
que revoloteaba a su alrededor, posándose ésta en su dedo índice izquierdo.
Unos segundos después, el pequeño insecto voló hacia arriba perdiéndose de
su campo de visión. De repente, el azul del cielo comenzó a teñirse de gris,
mientras que el sol, poco a poco, era oculto por nubes negras que
anunciaban una próxima tormenta.

Una figura encapuchada observaba el castillo a la entrada del bosque.
Solamente se podía apreciar su fina barbilla y unos labios color carmín que
delataban a una mujer. El viento soplaba con fuerza, revelando lo que eran
unos cabellos cual lino recién hilado, casi blancos, a la par que agitaba
violentamente sus oscuras vestimentas, así como las flores de la pradera y
las ramas de los árboles que crujían detrás de ella. Parecía que el bosque
entero rugía ecos de advertencia de la oscura silueta.
Por su cabeza giraban mil y un pensamientos, sobre los cuales una voz
predominaba diciendo:
Recuerda que debes regresar una vez cumplida tu misión, te necesitamos
para el aquelarre. No cometas ninguna estupidez, aún no tienes suficiente
poder.
La mujer tenía muy claros sus planes, aunque debía esperar un poco más
para llevarlos a cabo. No temía a nada y tampoco le importaban aquellas
palabras. Estaba totalmente decidida a cumplir su objetivo.
Inesperadamente, sus pensamientos fueron interrumpidos cuando un
campesino la descubrió mientras éste regresaba a casa apresuradamente,
debido al mal tiempo. Era un hombre entrado en años y de pelo canoso.
Tenía la cara totalmente esculpida por arrugas y su piel mostraba un aspecto
bronceado como consecuencia de haber trabajado durante largas jornadas
bajo el sol.
-¡Oiga! ¿Quiénes sois? ¿Necesitáis ayuda? -preguntó el campesino.
Sin dar una respuesta, la encapuchada se giró algo alarmada por el
imprevisto. Cuando vió al humilde trabajador, simplemente sonrió con
inocencia. El hombre notó algo raro en su sonrisa, fue entonces cuando sus
piernas comenzaron a temblar, sintiéndose totalmente paralizado a los pocos
segundos. Sólo le quedaba observar por última vez, como aquella tenebrosa
figura se acercaba hacia él a toda prisa, mientras sentía un dolor intenso en el
corazón que apagaba su vida.

Empezó a lloviznar. Alma cerró rápidamente la ventana y echó las cortinas.
Tenía un extraño presentimiento. Lo único que la consolaba, era sujetar su
colgante y acariciarse el vientre para notar al bebé.
Nerviosa, se acercó de nuevo al escritorio, apartó sus libros y pasó a toda
prisa las páginas de uno de ellos. Aquel libro era distinto al resto, tenía un
aspecto antiguo y su polvorienta cubierta mostraba signos de no haberse
leído durante bastante tiempo. Necesitaba encontrar algo en él para calmar
su inquietud. Breves instantes después, logró hallar lo que tanto ansiaba, un
viejo papel amarillento, bastante deteriorado, que deslizó sobre la mesa. Lo
que a ojos de una persona ignorante de la nigromancia pudiera ser un papel
normal y corriente, era en realidad un peculiar tablero con varios dibujos. En
su centro, había dibujada una estrella de doce puntas, rodeada por una
circunferencia y varios enigmáticos grabados. En cada punta de la estrella se
podían observar diferentes y orgullosas criaturas, envueltas en un pergamino
con una palabra escrita.
Todo estaba en silencio en la habitación, no se escuchaba nada, ni siquiera
las gotas de lluvia o el viento golpeando el cristal de la ventana. El ambiente
se enrareció, había poca luz en el dormitorio y se podía oler un exquisito
aroma, mezcla del incienso y las rosas.
Alma encendió un par de velas blancas e intentó relajarse, sentándose en la
silla. Con la cabeza inclinada, respiró hondo y se quitó el colgante que
anteriormente pendía de su cuello. Ante sus verdosos ojos, relucía una
deslumbrante cadena de oro, seguida de una preciosa y fúlgida esfera de
amatista, terminada en una radiante punta dorada. Era un preciado amuleto
de adivinación y protección que poseía desde el día en que vino al mundo.
Para ella, tenía gran valor, ya que era un regalo de su madre, incluso a veces
podía sentir su abrazo al llevarlo puesto.
La Reina cerró los ojos y los volvió a abrir muy lentamente. Sostenía su
extraño talismán con los dedos índice y pulgar izquierdos, suspendiéndolo
en el aire sobre el peculiar tablero.
Temblorosa, miró fijamente al centro de la estrella y formuló dudosa una
pregunta.
-Péndulo oscilante de encantada esfera, por favor, permitidme de nuevo
saber el destino. ¿Qué ocurrirá hoy en Dalghor?
El amuleto comenzó a girar en el sentido de las agujas del reloj al escuchar
las palabras de su dueña. El péndulo tiraba ligeramente de su mano hacia la
segunda criatura que estaba dibujada en la estrella. Un majestuoso corcel,
donde en su frente radiaba un largo y afilado cuerno, posaba indomable en el
grabado, envuelto por un pergamino con la palabra Pureza.
Los nervios de Alma desaparecieron al leer la respuesta, creyendo significar
que representaba un nacimiento, el de su esperado primogénito. No había ni
hay nada más puro en el mundo que la llegada de un recién nacido. Sin
embargo, el colgante volvió a tirar hacia otro ser, girando menos tiempo
sobre el tercero. Una bestia reptiliana y de alas escamosas. Tenía un aspecto
feroz y a la vez sabio. Su palabra era Poder. Todo esto, creó sentimientos
confusos en el corazón de la dama, haciéndola dudar en seguir con todo
aquello, pero no le dió tiempo a reaccionar. El péndulo siguió tirando,
pasando por la cuarta bestia, la quinta, girando cada vez más rápido y
arrastrando con más fuerza la mano de Alma hasta llegar a la sexta criatura.
Un fantasmagórico y sombrío animal donde en su pergamino se mostraba
con letras negras la palabra Muerte.
Al leer aquello, la Reina, sintió un escalofrío que recorrió toda su espalda,
seguido de un fuerte pinchazo en su mano izquierda. De repente, la esfera de
su colgante estalló en mil pedazos centelleantes que fueron a parar hacia sus
preciosos ojos.
La muchacha gritó asustada, pensaba que un trozo de cristal la había dejado
ciega. Acercó sus manos rápidamente e intentó flotarse con ellas para aliviar
el dolor. Fue entonces, cuando alguien llamó a la puerta de la habitación.
-¡Un momento, por favor! -dijo la Reina.
Alma abrió sus ojos muy despacio y con cierto miedo. Solamente tenía un
pequeño rasguño cerca del párpado derecho. Acto seguido, escondió a toda
prisa el tablero en el libro y ordenó como pudo el desorden que había
organizado.
-¡Señora! ¿Os encontráis bien? Soy yo, Liliana -se escuchaba al otro lado de
la puerta.
-¡Sí, sí, adelante! -contestó algo nerviosa.
Al abrirse la puerta, apareció una mujer bajita y algo regordeta. Sobre sus
manos, descansaba una bandeja de plata y un plato de porcelana que
contenía un poco de caldo caliente. Tenía una cara muy dulce y simpática.
Sus ojos eran grises y tiernos. En su pelo castaño se apreciaban sus primeras
canas que intentaba disimular con un gorro blanco. Iba vestida de amarillo
pálido y llevaba encima un primoroso mandil con bordados florales que ella
misma había realizado, para no ensuciarse. Era la encargada de las doncellas
y la mejor confidente de la Reina.
Aunque Liliana sólo fuera una sirvienta, a Alma le encantaba hablar con ella,
sentía que era una persona en quien confiar. Además, ambas tenían cosas en
común y el mismo sueño, el de concebir un hijo. No obstante, dicho sueño
nunca se realizó para Liliana, al no poder quedarse encinta.
-Señora, ¿os ha ocurrido algo? Escuché un grito -preguntó preocupada,
mientras dejaba a toda prisa la bandeja sobre la mesa para acercarse a ella -
¡Oh, pero si estáis sangrando! ¡Debo trataros esa herida! -dijo alarmada.
-Sólo es un pequeño arañazo, no os preocupéis -intentó tranquilizarla -. Por
favor, Liliana, necesito que aviséis urgentemente a mi... ¡Ah! -gritó Alma,
sin poder acabar la frase.
-¿Qué os ocurre? -preguntó la angustiada sirvienta.
-El bebé... -contestó Alma, intentando controlar su respiración.
-¡El rorro! ¿Ya llega? - Preguntó Liliana, mucho más angustiada que antes.
Liliana acompañó a Alma hacia la cama. Inmediatamente avisó a una de las
criadas que pululaban por el pasillo para que reuniera a todas las demás,
necesitaba ayuda. La Reina sentía un dolor agudo que la estremecía, sin
duda, el bebé ya estaba en camino.

Mientras tanto, en el salón del trono, se encontraba el Rey, totalmente
ensimismado, sentado en su regia silla dorada decorada por varios blasones.
La sala era realmente gigantesca. Los altos vitrales casi alcanzaban el
prominente techo. Las paredes de piedra se encontraban adornadas con
refinadas cortinas y banderas de distintos colores cosidas por las mejores
hilanderas del reino. En el suelo de mármol, abundaban las alfombras que
daban aún mayor vistosidad a la sala.
El salón estaba tranquilo, como de costumbre. Los guardias del Rey hacían
su trabajo, manteniéndose rectos y mirando al frente, totalmente serios,
atentos hacia cualquier contratiempo. Se sentían orgullosos de lucir el
solemne uniforme que los identificaba como miembros de la guardia real,
siempre acompañados de sus fieles lanzas para proteger al soberano y su
familia.
En ese mismo instante, Bastion terminaba de apalabrar unos arrendos de
unas tierras con los duques de Fortdnand. Más tarde, miró con serenidad la
interminable lista de deberes pendientes, agarrando la primera hoja que se
mantenía en lo más alto. Tenía muchísimo trabajo, más de lo habitual. Debía
preparar la presentación del príncipe, ya que cualquier día próximo, sería el
alumbramiento de su esposa. Quería una celebración inolvidable en la que
darían a conocer en sociedad al heredero de la corona. No había limitación
alguna al presupuesto para tan magnánima celebración y tampoco podía
faltar absolutamente nada. Todos estaban invitados a la fiesta en la que
habría música, juegos y comida, sobre todo comida.
-Veamos que tenemos aquí... -decía en voz baja el Rey mientras leía el
papel.
-¡Mi señor, mi señor! ¡El bebé está en camino!
Una criada llegó corriendo al salón sujetando su largo vestido canela y
gritando a los cuatro vientos que el príncipe llegaba. Bastion al escuchar la
nueva, se altero tantísimo que se levantó bruscamente, tirando todo lo que en
la mesa había.
-Lo siento, mi señor. Vuestra esposa está alumbrando a la criatura -se
disculpó casi sin aliento la criada.
Bastion no dijo ni una sola palabra, se encontraba totalmente paralizado por
el temor. ¿ Y si a su esposa le sucedía algo mientras daba a luz? ¿Y si el
alumbramiento era demasiado doloroso para ella? Sin pensarlo más, se
dirigió rápidamente hacia sus aposentos, donde encontraría a su amada y la
nueva vida que tanto anhelaba.
Sin embargo, antes de salir de la sala, un enorme rayo cayó cerca del castillo
retumbando e iluminando todo a través de las enormes vidrieras de colores.
Afuera, la lluvia arreciaba y el viento soplaba con fuerza. El cielo estaba
totalmente cubierto por nubes negras, mientras los truenos cada vez sonaban
más cerca y terriblemente. Todos los ciudadanos corrían hacia sus hogares
para resguardarse del vendaval.
Al Rey, le extrañó aquella situación, no se esperaba una tormenta y mucho
menos que ésta entrase tan libremente por su castillo. Meditándolo, caminó
un poco hacia delante para ver si iba todo en orden en el exterior. Pero fue
entonces cuando alguien llamó a la puerta del lugar, tres veces. Aquel sonido
pudo escucharse por todo el salón pese al barullo que había.
-¡¿Quién llama a la puerta?! -preguntó Bastion con tono autoritario- ¿Dónde
están los guardias que la custodian? -formulaba esta vez en voz aun más alta.
Nadie contestó a la pregunta del monarca, haciendo que éste se preocupara.
De repente, antes de poder actuar, un rayo cegador de color escarlata
destruyó la gran puerta de madera, haciendo volar por los aires a todos los
guardias que estaban allí, dejando además, una gran y espesa humareda gris
que ocultaba la visibilidad casi en su totalidad.
-¿Qué está ocurriendo? -preguntó sorprendido y confuso, intentando
controlar su ansiedad. Bastion no podía ver nada, lo cual hacía que sus
nervios fuesen en aumento. Temía que pudiera tratarse de una invasión o
trampa de algún reino vecino.
No se oía nada, el silencio era sepulcral. Poco a poco la humareda se disipó,
dejando ver un escenario caótico, lleno de escombros y de cuerpos
inconscientes y ensangrentados debido a la fuerte explosión.
Bastion no podía creer lo que estaba viendo y dio unos pasos hacia atrás,
atemorizado. Pensaba que no tenía oportunidad alguna al ver aquella
masacre ante sus ojos.
-¡¿Quiénes sois, escoria?! -preguntó con tono amenazante.
Después de unos realmente angustiosos instantes, el humo se disipó por
completo. A la entrada, se apreciaba una femenina y encapuchada figura,
caminando desafiante hacia él.
-¿Cómo osáis insultarme? ¡¿Quiénes os creéis que sois para hablarme así?! -
exclamó la mujer, la cual se sentía claramente ofendida.
-Soy Bastion II de Dalghor, rey y soberano de Dalghor, además del único
propietario de éste, mi castillo, en el cual no sois bienvenida. ¡Guardias!-
Exclamó el rey.
Pero nadie fue en su ayuda, los guardias que aún seguían con vida apenas
podían moverse, estaban gravemente heridos.
-Podéis gritar cuanto queráis, que nadie vendrá en vuestro auxilio. Ahora
vais a pagar por todo el daño que me hicísteis -amenazó la muchacha con un
evidente rencor en su voz.
-Decidme, ¿qué queréis de mí? -formuló Bastion, menos altivo, intentando
buscar una solución.
-Sólo busco una cosa, a vuestro hijo.
-¡Jamás dejaré que hagáis daño a mi familia! -gritó el Rey enfurecido.
-Dad gracias que os aviso. Podría mataros y entonces vuestra querida esposa
se quedaría sin esposo ni hijo.
-¡Marchaos de aquí, maldita súcubo o tendréis que pasar sobre mi cadáver!
Al decir aquellas palabras, dos de los guardias intentaron levantarse del
suelo, apoyando todo su peso sobre las lanzas. Sabían que ya estaban
muertos y lo único que podían hacer era dar algo de tiempo al Rey y a su
familia.
Bastion los miró a los ojos y les hizo un gesto con la cabeza, sintiéndose
orgulloso de ellos y totalmente agradecido por el sacrificio que iban a hacer.
No le quedaba otra, debía huir a toda prisa y no desperdiciar la oportunidad
que le habían dado.
-Quiero que corráis y aviséis al cochero. Que prepare un carruaje con los
caballos más bravos que dispongamos. Confío en vos, señorita -le ordenó el
monarca en voz baja a la doncella asustada.
La malvada hechicera levantó su brazo y puso la mano al frente. Los
guardias se prepararon para el próximo hechizo. De repente, el salón del
trono se iluminó por completo. La sirvienta salió corriendo a cumplir el
mandato del Rey, muerta de miedo. Bastion se apresuró hacia el lado
contrario para salvar a su amada y al primogénito.

En los aposentos de los reyes, Alma ya había dado a luz, fue tan rápido el
alumbramiento de la criatura que ninguna de las doncellas, las cuales habían
presenciado el nacimiento de decenas de bebés, podían creérselo. La reina se
encontraba cansada y débil, más por el hechizo que formuló mientras
empezó a dar a luz que por el hecho en sí, pero a su vez, más feliz que nunca
al ver a la pequeña criatura que tenía entre sus brazos. Había tenido una
preciosa niña de grandes ojos celestes y mejillas sonrosadas, que en aquel
momento, dormía plácidamente.
-Es una niña preciosa -manifestó Liliana gentilmente.
-Gracias, Liliana. Sí que lo es- contestó con dulzura mirando a la pequeña.
-Deberíais descansar un poco, señora -le aconsejó al ver el estado agotado
que tenía su reina.
-Tenéis razón -dijo Alma, mientras entregaba la niña a Liliana para que la
acostara en la cuna -Por cierto, ¿sabéis algo de mi esposo? -preguntó
preocupada.
-Ahora que lo mencionáis, ordené a una de las doncellas que avisaran a su
majestad, el rey, mas ya deberían estar aquí.
En ese mismo instante, apareció Bastion totalmente agotado y con el rostro
pálido. Cerró la puerta a toda prisa y respiró hondo. Estaba nervioso y
tembloroso. Intentaba controlar con todas sus fuerzas el miedo que sentía,
para no preocupar a su esposa.
Por un momento, el Rey se tranquilizó al observar la cuna donde se
encontraba su hija. Se dirigió a ella y se quedó un rato mirándola, sonriendo
levemente.
-Cariño, os presento a vuestra hija. Sé que deseábais un varón, mas mirad
que ojos y que bella que seguro será. Nuestra hijita y princesa.
El Rey dirigió su mirada a la de su esposa y sonrió de nuevo. Esa era la
familia que tanto deseaba, después de tanto tiempo. No obstante, recordó la
cruda realidad y su expresión cambió radicalmente, preocupando a Alma.
-¿Os ocurre algo, querido? -preguntó la Reina.
-Mi reina, no hay tiempo para explicaciones, debemos marcharnos de
inmediato.
-¿Cómo? ¿ A dónde? Es muy pequeña aún, no podemos irnos.
-Liliana, por favor, ocupaos de la princesa y seguidme -ordenó el monarca.
La sirvienta estaba confusa al escuchar la orden de su soberano, pero sin
mediar palabra, acató el mandato y se dirigió a la cuna. Bastion quería salir
cuanto antes del castillo para salvar sus vidas. No tenía oportunidad alguna
ante aquella bruja y menos la de proteger a los miembros de su familia,
debían huir a toda prisa.
El Rey caminó hacia la cama para tomar en brazos a su esposa, pero justo en
aquel momento, la puerta del dormitorio se abrió de par en par con una
fuerte ráfaga de viento, mostrando un pasillo totalmente oscuro como una
cueva cerrada y virgen.
Todos miraron hacia la puerta sorprendidos, con los ojos bien abiertos sin
saber como reaccionar. La encapuchada ya estaba ahí, sonriendo,
observando el escenario cubierta por su negra capucha como las alas de un
cuervo y recitando unas palabras inentendibles para ellos.
Bastion y Liliana sintieron unos fuertes pinchazos por todo el cuerpo,
seguidos de un ligero hormigueo. Ambos quedaron paralizados,
completamente inmóviles, no podían mover ni un solo dedo, ni siquiera
pestañear.
Alma no sabía como actuar, sus ojos llorosos mostraban el miedo que sentía,
mientras que los latidos de su corazón se aceleraban.
La mujer caminó desafiante hacia la cuna de la pequeña, evitando su mirada
hacia la Reina, y pasando al lado de sus víctimas paralizadas, sin que éstas
pudieran hacer nada.
-Así que esta es la criatura...- dijo la encapuchada con cierta indiferencia en
su voz.
-¿Quiénes sois? ¡Largaos de aquí! ¡Dejad a mi hija en paz! -gritó Alma,
intentando levantarse de la cama.
La hechicera miraba sin pestañear al rostro del bebé. Éste al notar la
hostilidad que emanaba del ambiente rompió a llorar.
-No lloréis desgraciada. Pronto acabaré con vuestro sufrimiento.
De repente, la malvada hechicera levantó los brazos hacia arriba delante de
la cuna del bebé, repitiendo otras palabras. Sobre su cabeza, apareció una
gran nube en espiral de color púrpura, que poco a poco giraba cada vez más
y más, apareciendo en su interior un gran agujero negro que empezaba a
crecer mientras pequeños rayos rojos giraban sobre él.
Los muebles del dormitorio comenzaron a deslizarse levemente debido a la
fuerza del hechizo. Los cristales se rompían, las cortinas se desgarraban, las
hojas de papel eran absorbidas por la extraña nube, hasta las rosas del ramo,
excepto la más pequeña que seguía aún en el jarrón. Pronto la habitación se
vió convertida en un abismo, donde trozos de papel y pétalos de rosas eran
cubiertos por la oscuridad.
Alma se aferraba a la cama, mirando hacia arriba, mientras su cabellera se
agitaba sin control. Bastion luchaba con todas sus fuerzas, desde su interior,
para romper el conjuro, pero no podía mover ni un solo dedo, por mucho que
lo intentase.
La hechicera recitaba una serie de palabras que para ellos seguían siendo
inentendibles, las repitió una y otra vez, hasta cinco veces, dando lugar a que
el agujero creciese mucho más.
A la quinta vez, gritó las palabras mágicas con mayor fuerza que las veces
anteriores. El grito había sido escuchado por todos los rincones del castillo.
El agujero ya se había formado y daba a la nube un aspecto terrorífico, como
si de un pequeño huracán se tratase, que giraba ahora encima de la cuna de
la pequeña.
-Despedíos del mundo que jamás vais a conocer.
Alma caminó temblorosa y agotada hacia la cuna. Apenas podía mantenerse
en pie y debía agarrarse a los muebles para poder avanzar. Debía salvar a su
hija y tomarla en brazos antes de que el ritual llegara a su fin.
De aquel siniestro agujero negro cayó un rayo similar al que había
destrozado las puertas del castillo, aunque mucho más intenso, hundiéndose
en el cuerpo de la Reina, que se sostenía con sus manos en la cuna,
consiguiendo así salvar a su hija. Alma sintió un terrible dolor que la acabó
de debilitar por completo. La pequeña princesa no paraba de llorar, mientras
su madre la miraba con lágrimas en los ojos. Finalmente la joven no pudo
resistirlo más y se desmayó, desplomándose en el suelo sobre un charco que
se había formado con su sangre.
- ¡¿Pero que habéis hecho?! -gritó la sorprendida hechicera, alterada y
colérica a la Reina.
Bastion no daba crédito a lo que acababa de contemplar. Debía de ser fruto
del estrés al que había estado sometido esos días, se decía a sí mismo.
Aquello no podía ser real. Conforme mas consciente era el rey de la actual
situación más se disociaba de ella. Aunque el rey en esos momentos
permanecía inmóvil por el conjuro de la hechicera, si hubiese tenido pleno
control de sus actos tampoco habría podido moverse. Poco a poco se rompía
el conjuro que lo tenía preso, pudiendo empezar a mover algunos dedos de
sus manos.
La hechicera estaba totalmente fuera de sí. Dominada por su furia se dirigió
rápidamente a la cuna para con sus propias manos intentar agarrar a la niña
para estrangularla, pero finalmente el rey recuperó la movilidad por
completo y la empujó violentamente contra la pared. Ante este inesperado
giro de los acontecimientos, la bruja salió corriendo y desapareció del
castillo entre una niebla que ella misma provocó. Bastion cayó aturdido al
suelo, mientras los efectos de la parálisis desaparecían progresivamente.
Comenzó débilmente a acercarse a su esposa, la cual yacía en el suelo
empapada en su propia sangre.

La encapuchada apareció en la entrada del bosque, exhausta, con una
respiración jadeante y apoyándose en uno de los árboles. Aún lloviznaba y
se respiraba el olor de la tierra mojada. La desconocida mujer se quedó
mirando hacia el castillo, como en su llegada, sólo que esta vez con un
sentimiento totalmente distinto el cual la hacia retorcerse por dentro. No
quería perder ni un momento más y se giró con ademán de desaparecer de
ese lugar para siempre. Sin embargo, un pequeño frasco de cristal se le cayó
al suelo, sin romperse. La mujer se detuvo y de un firme pisotón, lo reventó
contra en suelo. Aquel movimiento brusco provocó que sobresaliera otro de
sus largos mechones blanquecinos. Por última vez, se giró a mirar hacia el
castillo antes de perderse en la linea del horizonte.

Bastion sujetaba la mano de Alma junto a su cara, pasando delicadamente
los dedos de su amada por su espesa barba, como si aquello lo reconfortase.
Poco a poco, la reina comenzó a abrir los ojos muy lentamente.
-Alma mía, lo siento mucho, he sido incapaz de protegeros… perdonad a
éste, vuestro esposo… os lo suplico -rogó el rey, llorando
desconsoladamente.
La reina intentó hablar, sin poder pronunciar ni una sola palabra. Le costaba
respirar y mantener los ojos abiertos. Apenas tenía fuerzas y sus latidos se
apagaban.
-Lo siento muchísimo vida mía… Jamas me perdonare el daño que os he
hecho…
Alma movió lentamente su mano derecha hacia su pecho, en busca del otro
colgante que aún seguía en su cuello. Una pequeña piedra preciosa, tallada
con la forma de una rosa de pétalos rojos con un tallo retorcido cubierto de
espinas negras.
Bastion le sostuvo la cabeza con delicadeza, ayudándola a quitárselo. La
reina cerró los ojos por un momento, dolorida. Levantó los brazos muy
despacio y puso el colgante alrededor del cuello de su amado, señalando con
la otra mano la cuna de la princesa.
-Se lo daré, no te preocupes. Te amo… -dijo el rey entrecortadamente, sin
poder evitar deshacerse entre lágrimas.
La reina lo miró con dulzura y cerró sus ojos, los más hermosos que el rey
hallase visto jamás, para siempre. Bastion no podía creer lo que había
ocurrido. Él seguía abrazando su cuerpo inerte, manchado de sangre, sin
soltarla mientras lloraba la gran pérdida.