20 jul. 2013

Prólogo: Segunda Parte (Reescritura de Raisie)

AVISO

Lo que vais a leer a continuación es la segunda parte del prólogo de Raisie para su publicación, es decir, lo que encontraréis en el libro final. La tercera parte del prólogo se presentará en la web más adelante, y será la última parte que estará disponible antes de publicarse la obra. Todo este material está registrado.

Quizás encontraréis algunas faltas ortográficas, y os pido mil disculpas, pero todo este proceso será enviado a una empresa profesional de correción, para no encontrar errores en el libro una vez publicado. Este texto todavía está abierto a posibles cambios para el resultado final, si veo que son necesarios, pero serían diferencias mínimas.
Esta parte incluye una ilustración que se podrá ver en el libro. Sin más, muchísimas gracias por vuestro apoyo y espero que disfrutéis de la lectura.

 PRÓLOGO - SEGUNDA PARTE

A la mañana siguiente, no se celebró el nacimiento de la princesa sino el funeral de la reina. Al que asistieron nobles y plebeyos para despedir a su querida soberana, además de honrar, desde lo más profundo de sus corazones, su alma.
Su inerte cuerpo yacía bello y sereno, como una estatua de mármol, en el interior de un ataúd de madera, recubierto de distintas piedras preciosas en el mausoleo de la familia real. Un sepulcro ornamentado con exquisitas estatuas de piedra, inspiradas en algunos de los dioses y mitos de las creencias de Dalghor. Situado en el centro de uno de los cementerios del lugar, donde enterraban a los más ricos y a los valerosos guerreros que dieron su vida en tiempos de guerra.
El lugar en el que la monarca descansaría para siempre, mas su alma inmortal permanecería por toda la eternidad en los recuerdos de aquellos que en algún momento la amaron.

El rey no era del todo consciente de lo que había ocurrido. No obstante, quería demostrarle una vez más a a su esposa lo mucho que la amaba. Plantando con sus propias manos, rosas de todos los colores alrededor de aquel monumento funerario, y entregándole, de nuevo, un ramo de sus flores favoritas, acompañado de un último y legítimo beso para sellar esas puertas ya sin aliento.
En el momento en el que se disponían a cerrar el sepulcro de la reina, Bastion impidió que lo sellasen, abalanzándose sobre el difunto cuerpo de su Alma, estrechándola entre sus brazos mientras exclamaba desesperado y roto de dolor:
-¡¿Por qué dioses me habéis hecho esto a mí?! ¡De entre todos los castigos que podríais haberme infligido! ¿Teníais que arrebatarme lo que más amaba?! ¡Os hubiera entregado todo cuanto poseo, incluso hubiera cambiado mi vida por la suya!
Un amigo del soberano lo agarró y lo alejó de aquella que antes fue su amada, llevándoselo de allí. El fuerte y poderoso rey Bastion se las había visto con el único enemigo que ningún hombre puede afrontar y salir vencedor, la muerte.

Los días pasaron. Para la mayoría fue una situación difícil al principio, aunque el corazón que no se recuperaba era el del rey. Se sentía vencido, derrotado e inútil. Fue incapaz de proteger lo que más amaba y el tortuoso recuerdo de la muerte de su esposa le atormentaba, cada vez que intentaba cerrar los ojos para descansar. Bastion apenas hablaba, no tenía apetito ni ganas de vivir. Muy ocasionalmente, salía de sus aposentos y su aspecto mostraba cierta dejadez. Era como un muerto en vida, sin darse cuenta de las maravillas que todavía le rodeaban, como su pequeña hija, que estaba siendo cuidada y mimada por las doncellas del castillo. La gente intentaba alentarlo, pero era imposible, ni siquiera las alegres canciones de los trovadores, ni las emocionantes historias de los juglares o los divertidos trucos de los bufones de la corte, conseguían sacarle una pequeña sonrisa en su rostro. Cada día, sus amigos más cercanos le organizaban banquetes para evadir sus tristes pensamientos, incluso le enviaban grandes regalos, como riquezas y caballos de colores inusuales de crines rojizas y salvajes, intentando por todos los medios entusiasmar al monarca. Nada conseguía aliviar la pena de Bastion, estaba totalmente hundido y sentía su espíritu sin ambición alguna, preso de dolor, rabia y tristeza. Solamente quería recuperar a Alma, el verdadero significado de su vida.

Una noche, en la que el rey solamente deseaba descansar de las más completas y absolutas de las soledades de otro insufrible día, además de no hacer caso a sus agotadores pensamientos, se quedó un rato observando la única rosa que todavía seguía en el jarrón de su difunta esposa. La flor se encontraba completamente abierta y resplandeciente. Cuando hace tan solo unos días, era la más pequeña del ramo, la superviviente de aquella docena de rosas. Bastion acercó su nariz para oler el aroma, cayéndole una lágrima por su mejilla derecha al recordar a Alma. En ese instante, escuchó un extraño ruido que provenía desde ese mismo habitáculo. Enseguida se puso a observar a su alrededor, para ver de qué se trataba, y entonces vio la cuna de la princesa. Bastion se levantó de la cama, algo inquieto, asomándose para ver que hacía su hija. La pequeña dormía plácidamente. No obstante, comenzó a abrir muy despacio sus cristalinos ojos. Ambos se miraron a la cara. La agonía que sentía el rey en su interior fue atenuándose, poco a poco, sintiendo paz y alegría al contemplar los grandes ojos celestes de su hija. Inmediatamente, la princesa alzó las manos para que su padre la sostuviera, y así lo hizo, meciéndola entre sus fornidos y temblorosos brazos hasta que volvió a dormirse.
-No dejaré que nadie te haga daño, mi pequeña flor -dijo sonriendo con lágrimas en los ojos.
Desde ese día, Bastion comprendió que no estaba solo, tenía a una hija a la cual podría amar y una futura heredera al trono. Debía seguir adelante, tanto por ella como por él, además de pensar en todos sus súbditos. Sin importar las dificultades y la nueva situación a la que tenía que enfrentarse.
El tiempo pasaba, muy deprisa, y casi sin darnos cuenta, la princesa iba creciendo, rápidamente. Su padre la contemplaba orgulloso cada vez que la miraba, pues era lo más valioso que había en su vida. Finalmente, la llamó por el nombre de Raisie, que significa la pequeña de las rosas según el lenguaje de las hadas. La única flor que jamás se marchitaría de todo su reino.

Los años seguían transcurriendo en Dalghor, y no en balde, ya que prosperó aún más de lo que era conocido anteriormente, llegando nuevos habitantes, muy a menudo, con intención de hospedarse y trabajar en las tierras del lugar.
Dos pares de caballos de tonos parduscos como la tierra, tiraban con fuerza de una lujosa carroza de madera de álamo negro, de grandes y fastuosas ruedas traseras, y marcada con varios detalles en las distinguidas puertas. Aquel carruaje iba por un sombrío y serpenteante sendero de un bosque de hayas en dirección al reino. Acompañando y resguardado por la niebla, a la vez que el sonido del trote de los magníficos animales espantaba a las pequeñas criaturas, tales como perdices y liebres, que se cruzaban por el camino.
El cochero tiraba con firmeza de las riendas, guiando a los caballos hacia su destino. Era un señor bastante jovial, con los ojos aceitunados, y el rostro serio y pálido como la luna, al igual que su blanquecino y corto cabello. Pese a las largas horas de viaje, no se había despeinado ni lo más mínimo. Llevaba puesta ropa de colores apagados, distinguida y elegante, dándole un aspecto muy comedido.
En su interior, cuatro hermosas y sensuales señoritas se encontraban calladas y sentadas en los cómodos asientos de terciopelo. La más bajita de todas, Ishtar, de cabellera negra como la noche y ojos de colores semejantes al bronce, se encontraba sentada en el asiento delantero, mirando hacia abajo, algo nerviosa y mareada, mientras agarraba una parte de sus rojizos ropajes, parecidos al tono de sus labios. A su izquierda, se encontraba la pelirroja, Neith, suspirando y observando todo de un lado a otro, bastante aburrida. Una muchacha de mirada oscura y penetrante, que parecía que podía robar el alma con tan solo mirarla un par de segundos. Era la que más escote lucía con su largo y amarillento vestido. Enfrente, se encontraba otra dama con el pelo recogido en malla, al igual que ellas dos, Phalass. La más alta y joven de las cuatro. Tenía un rostro redondeado y los ojos entrecerrados, pudiéndose ver que el iris de sus ojos era de un rojo ensangrentado. Mostraba una actitud serena e iba ataviada con una vestimenta recatada y negruzca. Por último, y a su izquierda, estaba sentada y observando el paisaje a través de la ventanilla, la cuarta muchacha, su señora, la más bella de las cuatro. Una despampanante damisela que jugueteaba con uno de los largos mechones de su hermosa cabellera. Aquella joven, era poseedora de una belleza sobrenatural, irresistible y tentadora. Sus ojos, casi inhumanos, eran como el reflejo del cielo en el mar al alba. Una mezcla perfecta de colores que daban como resultado una mirada corintia y seductora. Tenía una tez tan blanca como la nieve y unos deliciosos y rojos labios cual exquisitas fresas. Su rostro era elegante, frío, pero también dulce. Derrochaba sensualidad por todas y cada una de las partes de sus estilizadas curvas y piernas que parecían no tener fin.
-Ya casi hemos llegado, señorita Bianca -dijo el cochero, dirigiéndose a la imponente muchacha, sin prestarle ella la más mínima atención a las palabras de éste. Solamente intentaba quitar con sus delicadas manos una pequeña mancha de su falda azul.
Las damas de compañía acercaron sus manos al faldón de Bianca, mas esta viendo como su espacio personal era progresivamente invadido, no dudo en apartarles las zarpas de un buen manotazo.
-¡Apartad! ¡¿Es que queréis estropearme aún más el vestido?! -exclamó colérica.
El sendero llegó a su fin. Los rayos de sol deslumbraron a los extranjeros tras salir del bosque. Ante ellos, acampaba un lugar precioso y colosal, dominado por el majestuoso castillo de Dalghor y las flores que rodeaban el reino entero. Era un paisaje realmente maravilloso y colorido, que invitaba a quedarse allí a vivir por toda la eternidad, como si se tratase de un paraíso terrenal.
La carroza se detuvo suavemente en medio del camino. Las doncellas comenzaron a bajar del carruaje, excepto Bianca, que esperaba sentada al cochero, para que éste le abriera la puerta. El hombre le ofreció su mano a la dama para que bajara con delicadeza. Enseguida prosiguió con su trabajo y agarró todo el equipaje de la joven, mientras ésta se atusaba el cabello.
-Señorita, no os preocupéis. Seguro que seréis la institutriz de la hija del rey. Recordad que Lisandru os esperará dentro del castillo.
-Mi querido, Kimaris, sé arreglármelas sola -contestó con actitud vanidosa -. Por cierto, una pregunta. ¿Cómo se llamaba la princesa? -formuló curiosa.
-Si no me equivoco, creo que se llama Raisie.
-¡¿Raisie?! Curioso y singular nombre -contestó algo sorprendida.
-Disculpadme, pero si no necesitáis más de mis servicios, me gustaría partir antes de que me alcanzase la noche. Cuidaremos muy bien de él en vuestra ausencia.
Bianca sintió cierto nerviosismo al escuchar las palabras de Kimaris, aunque no dijo nada, intentó ignorar de nuevo al cochero, mientras que sus damas de compañía tomaban todo el equipaje. Phalass portaba un par de bolsas forradas en seda. Detrás la seguían Neith e Ishtar con un baúl de madera rojiza que estaba cerrado bajo llave. A los pocos segundos, la carroza se perdió en la frondosa vegetación. La joven miró a la ciudad con sus grandes ojos como si quisiera desafiar su futuro en Dalghor. Respiró hondo y caminó hacia delante, decidida, con la cabeza bien alta y seguida de su séquito.

Fueron muchos los que se fijaron en la llegada de aquella doncella tan atrayente y sus damas. Observaban su belleza y elegancia al caminar por las calles de Dalghor. Las mujeres chismorreaban y recelaban sobre su níveo rostro, y sobre sus relucientes y largos cabellos, los cuales brillaban de una forma particular, que podía llegar a recordar a la sangre cuando brota mortalmente de la herida de algún desdichado, corriendo libre y salvaje sobre el suelo. Los hombres, en cambio, se acercaban a ella para contemplarla mejor e intentar conocerla, siendo atraídos como moscas a la deliciosa miel. Era raro ver a semejante fémina, con aquellas características, por las tierras del lugar. Por no hablar, del ostentoso vestido que llevaba que la hacía destacar, aún más, del resto de campesinos. Un precioso atuendo de mangas largas que realzaba su sensual figura de reloj de arena. Bianca no decía ni una sola palabra, solo sonreía amablemente ante los comentarios de los ciudadanos, haciendo que suspiraran por ella. Sin duda alguna, era una mujer muy singular y enigmática, y de entrada parecía amistosa.
-¿Adónde te diriges, encanto?  Yeguas como tú no se ven en todas las cuadras -preguntó un robusto hombre que iba a caballo, muy interesado en los atributos de la joven.
-Me dirijo hacia el castillo -contestó con dulzura.
-¡Eres más apetecible que un buen trago de cerveza! ¡Ven y bebé un poco con nosotros! -exclamó otro fornido ciudadano que, a esas horas, descansaba de su faena en el campo.
Aquel hombre, bastante ebrio, reía fuertemente con sus amigos, sin percatarse de la presencia de su esposa, la tabernera, que se encontraba justo detrás de él. La mujer estaba furiosa por la situación, y sin dudarlo, derramó todo el ron que llevaba en la bandeja sobre las calzas de su esposo.
-Quizás en otro momento -contestó Bianca, sin poder evitar que se le escapara una pequeña risotada -. Si me disculpáis, debo irme -se despidió con coquetería del resto de ciudadanos, deseosos por saber más de ella.
Bianca caminó de nuevo, seguida de sus sirvientas, esta vez con más elegancia y frescura de la habitual. Las miradas de los curiosos no cesaban, haciéndola sentir preciosa, importante y única en todo el reino. Sabía que era el centro de atención, y aquellas palabras, aunque fueran vulgares para ella, hicieron crecer, aún más, su ego.
Muy pronto, llegaron a las puertas del castillo, donde un vigoroso guardia hacía su jornada como de costumbre, custodiando la entrada para no dejar pasar a ningún indeseado. Por sus torpes movimientos parecía no tener mucha experiencia en su trabajo. Tenía los ojos castaños, una fina barbilla y una nariz puntiaguda. Su cabello corto era de color semejante al tronco de los almendros.
-¿Qué se os ofrece? -preguntó el hombre con voz firme.
-Buenos días, caballero. Mi nombre es Bianca y vengo desde lejanas tierras para hablar con vuestro rey -contestó a la vez que hacía una reverencia.
-El rey está muy ocupado en estos momentos, volved en otra ocasión -dijo con total seriedad.
-Por favor, solamente serán un par de minutos -rogó la joven, guiñándole un ojo y haciéndole sonrojar -. Además, he venido expresamente hoy porque vuestro soberano me está esperando.
-¿Cómo decíais que os llamabais? -formuló algo nervioso, ojeando un par de pergaminos.
-Bianca, Bianca Cinerea.
Tanto el guardia como la señorita, se miraron a los ojos con miradas cargadas de insinuación, hasta llegar a un punto donde él se ruborizó. Casi se podía respirar en el aire cierta tensión y atracción por parte de ambos.
Sin más miramientos, el hombre aceptó la petición de la muchacha, dejándola entrar y ayudando a sus damas de compañía con parte del equipaje.
Al entrar al castillo, el ambiente era más cálido y acogedor. Se podía oler los exquisitos manjares que se estaban preparando en la cocina. Una mezcla deliciosa de aromas, entre vainilla y pan recién horneado.
Bianca caminaba detrás del guardia, mientras éste le contaba algunas anécdotas del castillo. La joven miraba con expectación cada detalle del lugar. Observaba los coloridos tapices y las vistosas vidrieras que resplandecían con la luz del exterior. Al final de la sala, Bastion estaba sentado sobre su distinguido y majestuoso trono, firmando un interminable pergamino, en el que se encontraba los nombres de todos los invitados a una fiesta que se celebraría, en tan solo unos días, en Dalghor.
A su lado, uno de sus hombres de más confianza, lo observaba muy atento. Era un señor con el cabello bastante canoso, cara de pocos amigos, ojos muy grises, tanto o más como un día nublado, y de cejas anchas y espesas. Totalmente erguido, vestía elegantemente, y con orgullo, su uniforme de canciller.
Pasaban los minutos, el rey no se había percatado de la presencia de la mujer. Bianca intentaba controlar sus nervios y su poca paciencia, pero, sin reparo alguno, tosió para llamar su atención. Enseguida el guardia la presentó:
-Majestad, os ruego que me disculpéis, mas esta señorita ha insistido mucho en veros. Su nombre es...
-Bianca Cinerea -le interrumpió la joven, mientras que, a su vez, hacía una reverencia -. He venido desde el reino vecino de Taiax, para ser la institutriz de vuestra hija.
Bastion se quedó perplejo por la belleza de la muchacha, ni siquiera había escuchado lo que decía la joven. Estaba totalmente embelesado, sin aliento y sin saber como reaccionar. No le salían apenas las palabras y lo único que conseguía era tartamudear.
-Majestad, ella es la doncella que os mencioné hace unos días. Estoy seguro que hará un trabajo espléndido -le recordó el canciller.
-He trabajado durante varios años para las mejores familias de mi país -añadió Bianca.
El monarca no apartaba la mirada de la dama, aunque intentaba disimular su nerviosismo. Tragó saliva y, tras meditarlo unos segundos, por fin pudo hablar como de costumbre.
-Señorita, creo que os estáis confundiendo, mas mi hija ya está lo suficientemente atendida. No son necesarios vuestros servicios.
La expresión de Bianca cambió radicalmente. Sin embargo, no se daba por vencida, necesitaba ese trabajo y su viaje no iba a ser en vano. Inesperadamente, la joven se acercó al trono, se puso delante del rey y lo miró a sus oscuros ojos, agarrándolo con delicadeza de la barbilla.
-Por favor, no os arrepentiréis, tan solo os ruego una oportunidad. Seré como una madre para ella -intentó convencerlo con una voz dulce y a la vez sensual.
Bastion no daba crédito al descaro de la dama. Los latidos de su corazón se aceleraron, incluso se preguntaba así mismo si era cierto lo que estaba ocurriendo. Si hubiese sido otra persona ya estaría fuera del castillo o hasta encerrada en los oscuros calabozos, pero ella, ese atrevimiento la hacía tan atractiva. Además, bien era cierto que la princesa necesitaba más atención y que no siempre podría dársela o depender de las criadas. El rey estaba indeciso en darle una oportunidad a la muchacha, no obstante, se la concedió con cierto reparo.
-Está bien, os daré una oportunidad, mas a la mínima os echaré fuera del castillo -explicó Bastion con voz temblorosa, que pretendía ser firme.
-Por supuesto, ya veréis como no os decepciono, soy muy eficiente -sonrió la mujer, soltando con suavidad, casi acariciándolo, el mentón del monarca.
-Por favor, Lisandru, avisad a las doncellas para que preparen la alcoba a nuestra invitada, nuestras invitadas -se corrigió al ver al resto de chicas -. Que Ottavio os acompañe con sus pertenencias a la habitación esmeralda -ordenó el monarca al canciller y al guardia.
Ambos obedecieron y fueron de inmediato a cumplir sus cometidos. Mientras tanto, se escucharon unos pequeños pasos de fondo, interrumpiendo el acercamiento entre Bastion y Bianca. De repente, apareció una hermosa niña de largos cabellos dorados como los últimos rayos de sol del ocaso. La pequeña llevaba puesto un blanquecino vestido con algunas pequeñas manchas de barro, que intentaba ocultar para no ser regañada por su padre.
-¡Padre, padre! -gritó la niña al rey.
-¿Cómo está mi pequeña flor? -le preguntó emocionado y a la vez feliz.
La princesa se sentó sobre las rodillas de su padre, como hacía a diario, y comenzó a explicarle lo que había hecho, mientras que Bianca la observaba curiosa de arriba abajo.
-Bien padre, he estado jugando con los animales en el jardín.
-¿Sí? Eso es maravilloso, mi princesita -dijo risueño y dándole un beso en la frente .- Mira cariño, te voy a presentar a una nueva amiga. Se llama Bianca, y es esta joven que tienes frente a ti.
-Buenos días, princesa. ¡Sois realmente encantadora! ¿Qué edad tenéis vos? -dijo la dama con una dulce y tierna sonrisa, intentando ser simpática.
-¡Gracias! Es un placer, y tengo seis años de edad -contestó Raisie, volviendo al suelo y haciendo una reverencia.
-Las dos vamos a ser muy buenas confidentes, ya lo verás.
El rey ordenó a las criadas que acompañaran a Bianca a sus aposentos. Las sirvientas la llevaron a un espléndido habitáculo de grandes dimensiones y decorado con suma exquisitez. Al entrar, se podía oler un fresco aroma a menta que desprendía una planta que había cerca de la ventana, cuyo olor impregnaba suavemente la habitación. La alcoba era elegante y distinguida, parecía estar dispuesta a satisfacer los deseos de una reina. No le faltaba ni el más mínimo detalle, incluso el tocador estaba provisto de numerosos y distintos perfumes. Bianca curioseó todo rápidamente y dejó el equipaje en el suelo, para más tarde dirigirse a inspeccionar el castillo.

Ya era casi de noche en el reino. El crepúsculo vespertino aguardaba a la luna en el cielo con su mezcla de rojizos, rosados y anaranjados colores, tras la puesta de sol. Las palomas blancas vagaban sin rumbo entre las altas torres del castillo, a la vez que eran guiadas por el suave murmullo del viento errante, para resguardarse del frío del anochecer.

Ese mismo día, Bianca recorrió gran parte de las numerosas y fascinantes habitaciones del lugar. Cada una más maravillosa que la anterior. Cientos y cientos de dormitorios y galerías, de las cuales, no quería perderse ni el más mínimo detalle. Andaba graciosamente por los laberínticos pasillos, curiosa y decidida, como si en realidad buscase algo en concreto.
La hermosa joven siguió caminando hasta que llegó a un oscuro corredor. Se quedo quieta, por un momento, observando la vieja puerta que se podía contemplar al final. Sin pensarlo más, siguió hacia delante y se detuvo ante ella, agarrando con suavidad el dorado pomo. Miró hacia atrás, algo inquieta, por si alguien la observaba, y finalmente entró. La joven miraba de un lado a otro aquella habitación. Un amplio habitáculo, repleto de muebles que estaban cubiertos por sábanas blancas, como queriendo ocultar, o más bien proteger, el pasado.
Sin reparo alguno, la mujer comenzó a retirar las polvorientas cubiertas, dejando a la vista los lujosos enseres y muebles, que escondía aquel misterioso lugar, hasta que encontró un distinguido y exquisito tocador. Al ver su rostro en el espejo, sonrió y se detuvo. Siempre se quedaba maravillada con su reflejo, y si por ella fuera, podría estar horas enteras contemplando y admirando su belleza, pero no tenía mucho tiempo, en aquel momento, y dirigió su mirada a los distintos objetos que había sobre la madera. Había varios perfumes, algunas joyas, un cepillo bañado en oro, un pequeño espejo y una flamante tiara de oro blanco con rubíes incrustados.
Totalmente decidida, Bianca agarró con firmeza la tiara, se miró al espejo y la colocó suavemente sobre su cabeza, como si le perteneciera solamente a ella.
-Podría ser más ostentosa, pero supongo que es un comienzo -susurró frente al espejo, mientras ponía poses coquetas, a la vez que se atusaba el cabello.
-¿Qué estás haciendo? -preguntó una dulce e inocente voz.
Al escuchar esas palabras, Bianca se giró sobresaltada. La princesa la había seguido en todo momento y había visto lo ocurrido.
-Esa tiara era de mi madre -dijo algo extrañada por los actos de la recién llegada.
-Tú misma lo has dicho, ricura, era de tu madre. ¿No crees que me sienta bien?
-A mi padre no le gusta que toquen sus pertenencias -contestó enojada, dirigiéndose a la puerta.
Bianca estaba muy nerviosa, debía detener a la niña, antes de que confesara todo a su padre. Se acercó a ella, rápidamente, la agarró con suavidad por los hombros y la llevó frente al espejo, colocándole sobre su cabeza la tiara de Alma.
-Ves, tú también estás radiante con ella.
Al escuchar el cumplido de Bianca, Raisie se sonrojó. Ambas no apartaban la vista de sus reflejos. La pequeña se quedó pensativa al verse reflejada, sintiendo remordimientos y admiración por ver que llevaba la corona de su propia madre.
-He oído decir muchas veces que mi madre era muy bella, pero yo nunca la conocí. Solamente la he visto en algunos retratos y parecía realmente hermosa.
Según iba diciendo esas palabras, la princesa sintió un vacío enorme en su interior, volviendo a la cruda realidad. Una realidad donde le faltaba un cariño maternal. Bianca se percató de la desdicha de la niña al ver las pequeñas lágrimas que brotaban de sus ojos, sin poder evitar que, ella misma, sintiera ternura por Raisie.
-¿Sabes una cosa? Que yo creo que cuando crezcas, va a ser una dama tan resplandeciente como ella.
-¿De verdad lo crees? -formuló con una sonrisa.
-Por supuesto que sí, y ahora que ambas nos hemos probado la tiara, podemos considerar que tenemos nuestro primer secreto.
-¿El primero? -preguntó nerviosa.
-Voy a estar contigo mucho tiempo, pequeña, y podrás compartir conmigo todos los secretos que quieras. Tu padre no tiene por qué enterarse de que estuvimos aquí, ¿verdad? -dijo dulcemente, dejando la tiara sobre el tocador y dirigiéndose ambas hacia la puerta.
-Está bien, será nuestro primer secreto. 

13 jul. 2013

Fecha de la segunda parte del prólogo de Raisie

Se acerca el día de mi cumpleaños, y tal y como hice el año pasado para poder celebrarlo con todos vosotros, el 20 de julio estará disponible la segunda parte del prólogo de la reescritura final de Raisie.

20 de julio de 2013
Segunda parte del prólogo de Raisie


Espero vuestras más sinceras opiniones y que disfrutéis de la obra, todos aquellos que queréis seguir leyendo la historia antes de salir publicada. Por el momento, sigo trabajando en la reescritura aprovechando estos meses de verano para lanzarla lo mejor posible. Muchas gracias por todo vuestro apoyo y recordad que el sábado que viene, en una semana justa, estará la segunda parte del prólogo.

7 jul. 2013

Nuevos fanarts + Nota sobre el prólogo


Primer fanart de Raisie basado en el nuevo diseño y que recibo en persona, realizado por Juan José Carrillo, amigo de uno de mis hermanos. Desde aquí quiero agradecerle este gran regalo que me ha encantado. Pulsad en la imagen para verla completa y en mayor tamaño.

También dar las gracias a Antochan y a Shunky por otros dibujos que me enviaron hace un tiempo sobre nuestra protagonista, siento la tardanza en presentarlos. En cuanto vuelvan a estar online las secciones todos estos fanarts serán incluidos en dicho sitio.

Por último, deciros que en unos días desvelaré la fecha de la segunda parte del prólogo para todos aquellos que queréis seguir con la lectura de la reescritura final. Añadir que sigo trabajando en la obra para poder sacarla lo mejor posible. Muchísimas gracias por vuestra paciencia.